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TEMAS DE LA SEMANA

Terror para conocer o celebrar el género

Mucho más que un susto y a la cama, el horror es parte de la literatura universal. Un recorrido por algunas obras fundamentales y otras que deberían serlo urgente.

Por Daniela Pasik
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Lovecraft
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El terror, de tradición sajona, es un género enorme, hermoso, que por una inexplicable razón fue quedando denigrado a la casilla prejuiciosa de barato, ergo: malo. En su ensayo Danza Macabra, en donde Stephen King explora y devela el porqué del gusto por el horror en literatura y cine,  la dedicatoria-homenaje va para, entre otros, Jorge Luis Borges y Ray Bradbury, dos autores indiscutibles a los que, generalmente, no se los asocia con la pluma tenebrosa aunque la tenían y cultivaban hermosamente.

Cuando aún no existía el género como tal, el británico Horace Walpole sacó a relucir sus románticas garras góticas con la novela  El castillo de Otranto (1764), camino que siguieron con firme maestría primero y más que nada Mary Shelley en Frankenstein (1818) –en un mix maravilloso y adelantado a su tiempo de ciencia ficción con cierto existencialismo– y después Bram Stoker con Drácula (1897), pasando por la incursión de  Robert Louis Stevenson y su mítica El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1887).

Ya en la tradición norteamericana, si Edgar Allan Poe fue indiscutible antes de mediados del siglo XIX, HP Lovecraft quedó relegado, a inicios del XX, a lo supuestamente menor y aunque grandes escritores lo idolatraban, su trayectoria nunca llegó a despegar en vida. Murió en la ruina. La renovación podría haber comenzado con Richard Matheson en la década del 50 y el abanderado actual, que merecería un Nobel por contar como nadie el espanto capitalista de la modernidad a lo largo de obra, es sin duda Stephen King.

Acá un decálogo de pilares fundamentales del horror para todos los gustos y de todas las épocas, ideales para hacer un viaje tan adictivo como aterrador por este género mayor, que brega en lo más profundo del misterio humano y pone un espejo atrapante y no siempre grato, pero muchas veces hasta poético frente al lector.

La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe.
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Este pequeño gran cuento de menos de 15 páginas fue publicado por primera vez en la revista Burton’s Gentleman’s en 1839. Un gótico en Estados Unidos con dos hermanos millonarios enfermizos encerados por elección en un castillo, sugerencias de necrofilia, exaltación de lo macabro y una pizca de amor incestuoso. El relato es atrapante y matiza terror psicológico con una renovación del romanticismo vampírico de Drácula.

Barroca, fantástica, alucinógena y repleta de gemas inquietantes y aterradoras, esta historia es inspiración y génesis de obras maestras posteriores tan variadas como la maravilla bastante desconocida en la Argentina La maldición de Hill House (1959) de Shirley Jackson o el clásico cuento Casa tomada (1946) de Julio Cortázar, pasando por el relato Usher II del libro Crónicas Marcianas (1950) de Ray Bradbury y la novela El resplandor (1977), de Stephen King.

Bonus fílmico: hay varias versiones cinematográficas, pero vale la pena destacar una  expresionista muda francesa de 1929 dirigida por Jean Epstein (por extraña) y un clásico que muchos habrán visto en los Sábados de Súper acción del viejo Canal 11 en los 80 dirigida por Roger Corman en 1960 y protagonizada por Vincent Price.

El caso de Charles Dexter Ward, de H. P. Lovecraft.
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Es imposible elegir solo una novela o relato de este autor mítico, creador de un universo extraño y alucinado en el que acecha Cthulhu y hay contadas copias del Necronomicón, monstruo y libro respectivamente que exceden la obra del escritor y ya forman parte de la realidad, casi tangibles, en pesadillas, videojuegos y locaciones posibles del mundo (entre otras la Biblioteca Nacional).

Pero hay que destacar alguna de sus publicaciones, así que cabe elegir esta nouvelle perfecta y aterradora escrita entre 1927 y 1928 que es un clásico universal de género. En clave inicial de policial tradicional con misterio a develar, reúne un poco de todo lo que el genio loco de Providence tenía para ofrecer: una trama que transita por la delgada línea que separa la cordura de la demencia, algo de las brujas de Salem, mucho ocultismo y, por supuesto, magia en todos sus formatos y los mitos de Cthulhu.

Bonus fílmico: En El Palacio de los Espíritus (The haunted palace, 1963), Roger Corman, por marketing, tomó el título de un poema de Edgar Allan Poe, pero la película está basada en la novela de Lovecraft. Vincent Price hace el papel de Charles Dexter Ward, y también el de Joseph Curwen.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson.
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Para los lectores de habla hispana, esta precursora y maestra del terror moderno llegó décadas más tarde de lo debido. Su cuento La Lotería (1948) es un clásico estadounidense de lectura obligatoria en los colegios, pero que en su momento cuando lo publicó The New Yorker provocó un escándalo hermoso en el que muchos lectores cancelaron sus suscripciones. Joyce Carol Oates, Stephen King y el fallecido Richard Matheson se cuentan entre sus más acérrimos fans, la nombran entre sus influencias fundamentales y fueron los responsables de la nueva valoración que se le dio a su obra últimamente.

Ella era rara y encontraba lo hermoso en lo horrible. La expresión máxima de esa cualidad es esta novela, preciosa y angustiante, en la que a través de la historia de amor de dos hermanas encerradas reescribe el gótico en el siglo XX para contar el horror máximo de la modernidad: la otredad, el afuera infernal, la mentalidad media que se hace rebaño y, por cantidad, destruye. Esta, su última novela publicada en 1962, es una historia de poder femenino, repleta de humor y excentricidad, tan bella como dolorosa y narrada por la inolvidable y desquiciada Merricat, la chica más frágil-invencible del género.

Bonus fílmico: Stacie Passon, directora de Concussion (2013), multipremiada película de temática LGBTI, va a estrenar este año su versión de la novela con Taissa Farmiga como Merricat y Alexandra Daddario en el papel de Constance.

Soy leyenda, de Richard Matheson.
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Fue un cuentista, novelista y guionista de terror y ciencia ficción que supo cruzar los dos géneros para crear un estilo único y personal que hizo escuela: entre sus fans declarados están, por nombrar algunos, desde Stephen Spielberg que debutó en cine con Duelo, basada en su relato homónimo escrito en la década del 50, hasta Chris Carter, que le puso su nombre a un personaje de los X Files en homenaje, pasando por Stephen King, que le dedicó Cell (2006).

En 1954 publicó esta novela que hoy es un clásico y mezcla la parafernalia vampírica con la distopía como nunca se había hecho antes. Es, además, un adelanto de lo que actualmente explotó como el boom zombie post-apocalíptico. El terror, acá, está dado más en el aislamiento del protagonista, que vive solo con su perro en un planeta aparentemente vacío, que en el peligro de la noche, cuando salen los otros, en este caso anecdóticamente unos chupasangre, pero que pueden interpretarse también como un mal general, el afuera. La atmósfera tenebrosa crece página a página y se lee al filo de la almohada.

Bonus fílmico: Hay muchísimas versiones cinematográficas de esta novela, pero a Matheson le parecieron todas una porquería, desde el clásico de culto El último hombre sobre la Tierra, de 1964, con Vincent Price; pasando por la bastante digna El último hombre vivo, con Charlton Heston, y la apestosa pero pochoclera Soy leyenda con Will Smith, de 2007.

Si pudieras verme ahora, de Peter Straub.
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Amigote de Stephen King (además de autor en dupla con el rey de Maine de dos novelas, El talismán Casa Negra, de  1983 y2001) y de pluma adorablemente macabra, es uno de los escritores actuales del género más premiados del mundo. Es estadounidense, pero vive en Irlanda. Fan de Lovecraft, editó en 2005 H. P. Lovecraft: Tales, una selección de sus cuentos favoritos del autor de Providence. Además es un poeta prolífico y, hablando de terror, su terreno de expertise son los fantasmas.

Esta novela de 1987 es una pequeña pieza maestra que pasó bastante desapercibida, pero merece un rincón destacado de la biblioteca sobrenatural. Un amor adolescente que quedó trunco con la muerte de la chica, ahogada en el estanque, una promesa juvenil de reencuentro y el adulto que regresa al pueblo a cumplir su palabra como un gesto romántico que se vuelve aterrador, angustiante. Esta historia de fantasmas, además, le sirve al autor para hacer un análisis más que lúcido de la sociedad norteamericana de la última mitad del siglo XX. Un mix perfecto de policial, incesto y fuerzas paranormales en un ambiente opresivo y tranquilamente salvaje.

IT, de Stephen King.
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No es porque es prolífico, es porque tiene demasiados libros importantísimos y geniales de terror: cualquier novela que se reseñe acá va a resultar en un reclamo de por qué no otra, que cómo no fue elegida tal. Cementerio de animales (1989), Carrie (1974), Salem’s Lot (1975), El resplandor  (1977) y Misery  (1987), como clásicos absolutos, pero también Un saco de huesos (1998), La historia de Lisey (2006) o Duma Key (2008), entre los más fantasmales, y la epopéyica Apocalipsis (1978). Todos podrían destacarse, pero esta pieza maestra de 1986 condensa mucho de lo que el Rey tiene para ofrecer, así que  Pennywise gana la contienda.

Es la novela en donde el lector constante de King puede conocer con más lujo de detalle Derry, uno de los pueblos que el autor creó para su mapa personal de Maine y lugar clave en su obra. La historia en la que algo mutila, mata y aterroriza niños, se la dedica a sus hijos, de entonces 14, 12 y 7 años. Y les dice que “la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe”. Y es cierto. Además de un suspenso palpitante, y taquicardias varias, a lo largo de las 1504 páginas el talentoso vampirito del bestseller desparrama belleza y poesía.

Bonus fílmico: En 1990 se estrenó, en forma de telefilm de tres horas y chirolas, una versión  dirigida por Tommy Lee Wallace, con Tim Curry como Pennywise, con esa imagen de payaso trash pop, una especie de Ronald Mcdonald que no disimula lo diabólico, que es ya parte del imaginario popular. Además, entre este año se estrena la primera parte y el que viene la segunda de la adaptación que hizo nuestro internacional Andrés Muschietti (el de Mamá), con Finn Wolfhard, de Stranger Things, como uno de los niños, y el sueco Bill Skarsgård (hijo de Stellan y hermano de Aexander) como  Pennywise.

La semilla del diablo, de Ira Levin.
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Escritor de terror y suspenso, dramaturgo y guionista, solo publicó siete novelas, entre las que hay clásicos modernos como Las poseídas de Stepford (1972) y falladas ideas oportunistas como El hijo de Rosemary (1997). Debutó con el policial Bésame antes de morir (1953), por elque ganó  un premio Edgar Allan Poe, y demostró que era un maestro de la distopía y la ficción científica con Los niños del Brasil(1976). Pero su batacazo absoluto fue esta gema diabólica maternal de 1967 en la que se basó la película El bebé de Rosemary.

Es una novela negra enmarcada en un contexto demoníaco que se va develando a medida que se atan los cabos de la intriga terrorífica que acecha a Rosemary Woodhouse. Cuando la publicaron, Truman Capote dijo (y figuró en la contratapa): “Un brillante relato de misterio y maldad que induce a creer en lo increíble”. Aunque hayan visto la película, vale la pena palpitar el libro, que a pesar de ser sencillo, habla de cómo el amor puede cegar hasta a quien tenga al diablo enfrente.

Bonus fílmico: Roman Polanski, Mia Farrow y John Cassavetes son el dreamteam (director y protagonistas) de la versión cinematográfica de 1968, clásico del terror y maravilla actoral, visual y narrativa.

La centinela, de Jeffrey Konvitz.
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Además de escritor, es guionista y productor de cine. A los 30 años, en 1974, publicó esta, su primera novela, que le signó la carrera. Fue un éxito, tuvo su versión fílmica en 1977 y en 1979 sacó El guardián, que es una secuela. Ni el autor o su obra son célebres dentro del género, y sus libros casi no se encuentran ahora. Con mucha suerte, porque hace décadas dejaron de estar hasta de saldo, tal vez alguien pueda pescarlo como usado. El que lo hace, gana.Vale la pena estar alerta por si reaparece.

Es la historia de Alison Parker, una modelo de Nueva York que alquila un departamento en Brooklyn y no quiere creer que sus vecinos son realmente extraños, siniestros. Las visiones de su padre muerto, las pesadillas y un sacerdote ciego la terminan de convencer y la historia transita un clima de incertidumbre angustiante, en donde nada es lo que parece y el terror es la textura de los personajes y situaciones que podrían ser normales, pero no. De lectura adictiva, una golosina del subgénero satanista.

Bonus fílmico: Dirigida por Michael Winner en 1977, es una joyita del horror, con una cuota justa de perversión y un cast de lujo en el que se destaca una ya madura Ava Gadner.

El mal menor, de  C.E. Feiling.
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La tradición de la literatura de terror es sajona y si bien algunos autores locales incursionaronen el horror con maestría, el género fue, históricamente, uno de los menos visitados por la literatura argentina.  Además de Casa tomada, Cortázar tiene La puerta condenada y otras joyas que dejan al lector sin aliento. Horacio Quiroga y Borges, entre otros, supieron traducir al color local las herramientas macabras, pero siempre en forma de cuentos. Hay, sueltas, algunas novelas anteriores de distintos autores, pero hasta que el escritor rosarino de apellido y origen inglés publicó esta en 1996 no había un horror porteño de largo aliento, que suceda en San Telmo, que use y actualice nuestra parafernalia y que asuste al lector como cualquier otro de los clásicos.

Esta novela fue finalista del Premio Planeta Biblioteca del Sur 1995 y era parte de una genial y metódica exploración que el autor hizo de los géneros literarios (también escribió el policial El agua electrizada, de 1992, y la de aventuras Un poeta nacional, de 1993). Durante mucho tiempo, su novela de terror fue muy difícil de encontrar, y ahora aunque no es fácil está dentro de la compilación póstuma Los cuatro elementos. Por eso es más de culto que popular, aunque debería ser de lectura obligada para cualquiera que ose decir que disfruta del miedo.

Inquietante, graciosa, perturbadora, sorprendente, la historia está plagada de personajes que quedan aferrados al corazón del lector y se mueven en un mundo normal, cotidiano, que termina siendo espeluznante.

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez.
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Es, merecidamente, la escritora argentina actual más exitosa del momento. Su último libro de relatos, Las cosas que perdimos en el fuego (2016), es una maravilla aterradora que ya se publicó en 19 países y fue traducido a 14 idiomas. En sus novelas, Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004) usa elementos del género, pero no incursiona de lleno. Ensaya, coquetea y se acerca, pero la pileta macabra explota en sus cuentos.

Este primer libro de relatos, de 2009, es una hermosura que, hasta hace poco, era complicado conseguir, verdadero horror del asunto, pero fue reeditado recientemente. Los cuentos que abren y cierran la compilación son casi graciosos, pero oscuros. El primero, El desentierro de Angelita, es desopilante y tristísimo, y el último, que da título al libro, es una pieza casi poética con humor mordaz, tan cotidiana y empática que deja al lector preguntándose angustiado de qué se ríe. En el medio, otros 10 lujos: fantasmas, mitos urbanos, niños macabros, sacrificios, aparecidos, fanáticos y todo un repertorio inquietante de erotismo turbio y horror posible.

DZ/dp

Fuente Diario Z
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