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TEMAS DE LA SEMANA

“Si no mantenés tu identidad no tenés punto de referencia”

La artista, que vive desde hace 50 años en Nueva York, fue galardonada con el Gran Premio Homenaje que el Banco Central otorga a creadores argentinos. Su obra “Viajero (con zapatos negros)” se suma al patrimonio del banco.

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Liliana Porter

Por Claudia Lorenzón

La artista plástica Liliana Porter (1941) fue galardonada con el Gran Premio Homenaje que el Banco Central otorga a creadores argentinos por su trayectoria, en este caso la de una artista versátil que trascendió desde Nueva York, donde vive desde hace más de 50 años, pese a lo cual se siente profundamente latinoamericana.
La obra con la que Porter fue premiada e integra el X Premio Nacional de Pintura es “Viajero (con zapatos negros)”, una intervención de grafito y collage, realizada sobre hojas de cuaderno, que pasará a integrar el patrimonio artístico de la entidad, representa una metáfora del recorrido del hombre a través del tiempo y la búsqueda del sentido de la vida, temas profundamente enraizados a la artista.
En la instalación, un hombre pequeño -representado por un muñequito- camina con una valija por diferentes caminos que por momentos se tornan sinuosos. “Para mí encontrar el sentido de la vida tiene que ver con llegar a la casa, donde sos cuidado, donde estás seguro, un tema muy representativo para mí”, explicó Porter.
Nacida en un hogar de artistas, ya que su padre, Julio Porter, era escritor y director de cine y su madre, Margarita Galetar, poeta y grabadora, la creadora se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, y de los 16 a los 19 años estudió artes plásticas en la ciudad de México. En 1964 viajó a Nueva York, donde reside.
La versatilidad es la marca registrada de Porter, que trabaja con grabados, dibujos, obras sobre tela, instalaciones, fotografía, video y teatro, en las que expone su interés por la representación, por el tiempo, y la relación con lo que llamamos realidad.
La obra de Porter, la artista argentina de mayor trascendencia internacional, forma parte de prestigiosas colecciones como el MOMA de Nueva York, la Fundación Daros, en Suiza, la Tate Modern en Londres, la Colección Patricia de Cisneros, la Biblioteca Nacional de París, el Museo Reina Sofía de España y el Museo Tamayo, de México.
Porter reside actualmente en Rhinebeck, un bucólico lugar donde tiene su estudio de arte, con un jardín en el que algunos días aparecen bambis, y al que se mudó luego del atentado a las Torres Gemelas en 2001.
“Vivía en un loft a ocho cuadras de las torres, cuando se produjo el atentado. Yo estaba en España y lo vi por televisión. Tardé una semana en regresar porque no había vuelos y cuando volví tuve que demostrar que vivía en esa zona. Antes del atentado, desde mi ventana veía los edificios de enfrente que eran bajos y detrás las torres y después ya no las vi más. El olor en el lugar era muy impresionante. Un día me di cuenta de que no había vuelto a bajar al lugar que ocupaban las torres. El humo salió dos meses seguidos y todos los días pasaban camiones que tiraban agua sobre el lugar”, recordó en diálogo con esta agencia.

¿En qué sentido esta obra remite al caminante como metáfora del tiempo?
Es una metáfora sobre el camino de la vida, de encontrar el sentido de la vida, y que para mí tiene que ver con llegar a la casa, al lugar donde sos cuidado, donde estás seguro, porque mientras hacés el camino no sabés que te puede pasar.
¿La pequeñez de ese hombrecito remite en algún sentido a la pequeñez y desprotección del ser humano?
Sí, totalmente, es que en la vida para tomar las decisiones más importantes y escribir tu propio destino estás solo, aunque yo muy sola nunca estuve (se ríe).
¿La percepción del paso del tiempo en tu caso no está relacionada con la angustia?
No. Tengo la sensación de que en vez de pasar de una etapa a otra, las etapas de mi niñez, adolescencia y juventud se sumaron a la de mujer adulta que soy, están todas juntas en el presente, y esa es la sensación que tengo cuando percibo las cosas. Cuando era chica me impresionaba que algunas personas se olvidaran del tiempo en que fueron niñas y me dije hay que evitar que eso suceda, porque cuando uno es chico ve más claramente la realidad.
Usás en tus obras una serie de muñequitos de colección, ¿cómo fue que tomaste esa decisión?
Los fui comprando en mercados de pulgas de todo el mundo y hoy tengo un elenco de muñequitos que me sirven para crear situaciones, como ocurre con el teatro. Uno piensa que los seres humanos tienen más contenido que un objeto y no es así, porque cuando elijo un objeto ese objeto ya viene con toda su historia. El actor espera que uno le diga quién es y qué tiene que hacer. El tema de la representación es muy atractivo para mí. Para mí la única realidad que existe es la de nuestra relación con las cosas, la que armamos nosotros. En este sentido, pienso que uno mismo se pone límites, por eso somos responsables de cómo manejamos lo que tenemos. Mi madre me inculcó mucho la idea de ser feliz, lo cual parece una frase gastada pero es muy importante.
¿Cómo lograste mantener el vínculo con la Argentina viviendo tantos años en Nueva York?
Aunque viva en Nueva York desde los 22 años siempre mantuve la relación con la Argentina, porque me di cuenta de que si no mantenés tu identidad no tenés punto de referencia. Por eso este premio para mí es tan importante: que mi país me reconozca me da una alegría muy grande y siento que valió la pena mantener esa comunicación que yo continúo con amigos de la infancia y artistas. Una cosa increíble que te pasa en Nueva York es que no te sentís argentino sino latinoamericano, y percibís que las personas del resto de Latinoamérica son tus hermanos.
¿A partir de qué situación decidiste quedarte en los Estados Unidos?
Yo llegué en el 64, era el momento en que Nueva York empezaba a ser el centro del arte, llegaban artistas de todos lados, pude ver a los Beatles… Llegué por la invitación de un amigo para ver una feria mundial de arte y no podía creer lo que eran los museos, entonces decidí quedarme. A la semana conocí a Luis Camnitzer (N de R: quien fuera su esposo) y a Felipe Yuyo Noé, que para mí era un dios pero no lo conocía personalmente, y empecé a ir a ver las obras con ellos y era como increíble, de lujo… y aprendí muchísimo con ellos y después nos fue muy bien, hicimos un taller y tuvimos mucha suerte también.
¿Cómo fue mantenerse económicamente hasta que lograron vivir de sus obras de arte?
Siempre tuve la filosofía de que tenía que vivir de otra cosa y no del arte, y eso me dio mucha libertad. Daba clases, imprimía ediciones para otros artistas. En Nueva York tuve la suerte de ser docente universitaria de tiempo completo y como profesora de arte daba clases dos veces por semana y tenía tres meses libres durante el verano, porque ellos piensan que el artista debe tener tiempo para producir sus obras. Es muy estimulante dar clases: estás con la sensibilidad de los jóvenes a flor de piel, tenés seguro de salud, es un lujo. Además siempre pude exponer en galerías y tuve más suerte que los norteamericanos, porque también tengo relación con Europa y los países latinoamericanos.
¿Cómo percibís el clima social desde que asumió Donald Trump?
Es como si hubiera caído una bomba, es una amargura tremenda porque todos los días se vuelve para atrás. De golpe todos los logros sociales y derechos se borraron.

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