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TEMAS DE LA SEMANA

Sara Facio: ‘En todos los retratos trato de robar el alma’

Con su cámara fotográfica capturó importantes acontecimientos culturales y políticos.

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Uno nunca sabrá exactamente cómo se dicen las cosas en la intimidad de esas reuniones “de chicas”, pero lo cierto es que el chiste corría entre ellas cada vez que se juntaban. “Todas ustedes son ciudadanas ilustres, ¿y yo? ¿y yo qué soy?”, se defendía Sara Facio para la risa de sus amigas Susana Rinaldi, Eva Giberti, Magdalena Ruiz Guiñazú -que en realidad no recibió esta distinción- y, por supuesto, María Elena Walsh.

Y no es que ella no supiera quién es -bastante le costó averiguarlo- ni que haya estado reclamando reconocimiento -no es su estilo-; es simplemente que desde hace casi 60 años Sara es una protagonista indiscutida de los acontecimientos culturales de esta ciudad. El problema es que el suyo es un protagonismo discreto, detrás de la cámara, detrás del escritorio de su estudio en la calle Paraguay.

Se la ve contenta, no lo dice, se le nota en la mirada. Y quizá privilegiando ese mirar, lo que mejor le sale, es que evita hablar de ella y enseguida encuentra la excusa para escaparse en anécdotas sobre aquella Buenos Aires de mediados del siglo pasado, una metrópolis que todavía guardaba rasgos de aldea, una ciudad donde todo el mundo se conocía, donde Alejandra Pizarnik marcaba su acento extranjero para hablar de la muerte en el bar Jockey Club, ubicado a una cuadra de la Facultad de Filosofía, donde Manuel Mujica Lainez y Hermes Villordo se cruzaban con Marta Lynch en alguna de las galerías de la calle Florida, donde Borges cantaba tangos en una librería y Victoria Ocampo terminaba el día con un whisky, en el living del departamento que Sara tenía en Viamonte y San Martín.

¿Se daban cuenta de que estaban haciendo historia?
Creo que cada uno trataba de destacarse en lo suyo, de hacer las cosas lo mejor posible y de ser contemporáneo. Mis fotos no eran bien vistas en el ambiente fotográfico. Yo quería reflejar a la gente, sus circunstancias, y en ese momento se usaba la fotografía artística, entre comillas, esos desnudos de estudio, mujeres embarazadas llenas de tules, algo más… edulcorado. Entonces, el reflejo de una persona pobre sentada en la vereda a nadie le parecía ni de interés artístico ni de ningún otro.

Un realismo poético.
Exactamente, no se trataba simplemente de tomar la realidad, yo tenía mucha consciencia de la subjetividad. El hecho de elegir qué tomar hace que lo documental quede flotando. Vos elegís, y en eso se imprime algo personal, íntimo.

Y qué tiene de usted, por ejemplo, esa foto tan famosa en la Plaza de Mayo, cuando los funerales de Perón, en julio de 1974.
Estaba muy emocionada. No simpatizaba demasiado con el peronismo, pero me daba cuenta de que era algo especial. Fui sola porque trabajaba para una agencia de noticias de Francia y sabía que ese hecho me lo iban a pedir en el día. Así que apenas me enteré, fui. Y para allá iban todos. Y bueno, fui a hacer mi trabajo y me encontré con una situación muy cargada. La foto, por lo visto, lo transmite, porque pasaron más de cuarenta años y me la siguen pidiendo.

¿Qué tendrá esa foto?
Mire, no me gusta hablar de mis fotos, preferiría que eso lo digan otros. Yo, lo que sé, es que cuando la tomé estaba muy comprometida con ese momento y gustosa de estar haciendo ese trabajo.

Y esa otra foto, la de Cortázar. Lo habrá contado mil veces.
Bueno, lo conocí una tarde, que se hizo noche, porque hablamos mucho, estábamos muy ansiosos por hablar. Fue en su casa en París, año 67, habíamos ido con mi socia fotográfica, Alicia D´Amico. Le llevábamos una maqueta del libro Buenos Aires, Buenos Aires a ver si le gustaba, si quería escribir los textos; no sólo prologar sino que hiciera lo que quisiera. En esa época ya se había consolidado su fama. Ya había salido Rayuela, que era una novela, no sólo de culto, sino famosa, popular, la leía, bueno, no sé si la leía pero la compraba todo el mundo. Entonces, teníamos esa cita. Yo empecé a tomarle fotos, porque era así, tenía el click incorporado, y porque siempre que me pongo nerviosa saco fotos. Y él estaba muy tranquilo, había una lamparita nada más, y me decía: “No le van a salir, usted saque, pero no le van a salir”. Y aprovechando esa circunstancia, al final de la nota, que ya nos tuteábamos, le digo: “Julio, tenemos que sacarte fotos con buena luz”. Y él nos cita, al otro día, a la Unesco, donde trabajaba como traductor. Y bueno, recorrimos el palacio, los jardines, y fuimos tomando fotos. De vuelta en Argentina hicimos nuestra selección y se la mandamos por carta. Un mes de ida, y otro de vuelta para la respuesta, donde nos decía que esa era la que más le gustaba. Que si alguna vez se hacía un libro sobre él, le gustaría que esa foto esté en la tapa. La verdad es que había unas cuantas para la tapa. Pero fue esa.

¿Y que tenía esa foto?
¿Otra vez? Dígalo usted.

La foto está ahí, en el estudio. Impresiona la mirada profunda, de animal manso, animal al fin, y ese cigarrillo que no está prendido, dando cuentas de la inminencia de algo.
Ahí esta el arte -sigue Sara-; yo le puedo decir, que traté, como dicen los indígenas, como en todos los retratos que saco, de robarle el alma.

¿Es religiosa?

Creo en una instancia superior, soy de familia católica, estoy bautizada, tomé la comunión, todas esas cosas, pero estoy alejada de la Iglesia.

¿En qué momento dijo basta?
Y… era muy chica, en la escuela primaria, cuando hice el catecismo y me di cuenta de que había pecados de los que no me podía arrepentir. No lo sentía. Entonces pensé “por qué me voy a arrepentir”, y me fui alejando.

¿Y cuáles eran esos pecados?
¿No conoce los diez mandamientos?

Pero no habrá pecado los diez.
No, sólo algunos.

Sonríe, seguramente pensando en lo inconfesable, como cuando salía a la calle de jeans. No eran muy conocidos los jeans en los 50 y su hermano, que tenía una proveeduría cerca del puerto, se los cambiaba a los marineros por latas de conserva. También le conseguía ropa interior importada, de náilon, bombachas rojas, fucsias, violetas. Un escándalo para la época. Para ella, un secreto, una revancha.

¿Cómo ve a la sociedad actual?
Y… -sonríe- se fueron un poco para el otro lado. Pero prefiero así. Por favor, que no queden dudas. Prefiero esto a lo otro.

¿Qué piensa de la ley de matrimonio igualitario?
Que es lo que tiene que ser. No entiendo por qué la gente tendría que pedirle permiso a la Iglesia o al Estado para tener un gusto sexual.

¿No será también que se está normatizando algo que antes era más libre? ¿No será un avance del conservadurismo?
Y sí, creo que es un poco así también, porque se ponen reglas y normas a la libertad, que era lo más interesante que tenían los gays en los países donde tenían libertad, claro, ni acá, ni en Cuba.

¿Le hubiera gustado casarse?
No, nunca, ni con un hombre, ni con una mujer, ni con un perro. Por una cuestión de libertad personal. Pero el que quiera que lo haga. Todos tienen derecho.

Tampoco tuvo hijos
No, no se dio, estaba muy ocupada.

María Elena sonríe por detrás. Hay imágenes suyas por todos lados. Y uno querría preguntarle por esas fotos, pero esta claro su juego, el de la discreción, el de la interpretación libre. Y además, como ella misma señala “hace dos horas que estamos con esto”.

¿Cómo recibió la ciudadanía ilustre?
Muy contenta, además porque invité gente amiga. Miraba la primera fila y eran todos amigos, pero no amigos de la semana pasada, eran amigos de hace cincuenta años.

¿Qué hubiera dicho María Elena?
Habría estado muy contenta. Ella me decía, tené paciencia, ya vendrá.

Y vino.

Sonríe, sonríe con los ojos. Otra vez el silencio, y la mirada protagonista.

Y “bueno, terminamos”.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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