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TEMAS DE LA SEMANA

¿Realmente hace falta otro para tener buen sexo?

Vera Killer atravesó las cuatro etapas del orgasmo femenino sin ninguna participación externa y acá relata su paseo solitario y feliz por la excitación, la meseta, el clímax y la resolución.

Por Vera Killer
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El otro día me encontré sorpresivamente con un orgasmo. Oh, qué haces vos por acá, que alegría verte. Ese fue el parlamento y la actitud, por supuesto, además de unos saltitos de felicidad combinados con gritos de festejo. Como quien se cruza casualmente con alguien muy querido en el microcentro y eso le alivia y mejora el día. Una joya en el barro, una estrella en la noche.

La jornada no había sido buena. El subte circulaba con demoras y cuando llegó nos embutimos tipo sardinas, entonces una señora horrible me gritó porque le molestaba que yo esté cerca y llegué a Plaza de Mayo con su tono agudo retumbándome en el tímpano. Salí a la calle y la marea gris de oficinistas me arrastro para el lado contrario, así que tuve que torcer el rumbo entre veredas rotas, pisé charcos, me mojé las medias y casi me quiebro un tobillo. Subí en un ascensor con gente que usaba mucho perfume y se me revolvió el estómago. Llegué a un lugar cerrado, opresivo, con la calefacción tan fuerte que me hizo doler la cabeza. Ahí trabajé ocho horas.

Así estaban las cosas. Ese era el resto diurno que cargaba como una cruz cuando volvía para casa sucia, apestosa, estresada, gris. Pero entonces, pum.  Algo se coloreó. Me había depilado el día anterior, y por primera vez me pasó que de pronto y porque sí  el roce de la piel contra la tela de la bombacha se hizo notar. Me trajo al cuerpo y chau dejé atrás los enrosques mentales. Eso era excitación.

Fue puro instinto lo que me llevó hasta los pasitos cortos y el fru, fru, fru fue más que efectivo. Meseta y así fui andando, muchas cuadras. El mal humor quedó perdido por ahí. Los latidos del corazón me hacían eco en la cérvix, la sangre corría descontrolada por mi cuerpo y casi podía oír mi pulso acelerándose. Se humedeció mi ropa interior un poco, a las diez cuadras ya estaba oficialmente mojada y a las 15, empapada.

Frenar en las esquinas porque el semáforo estaba en rojo era como una pausa provocativa, una invitación al deseo tan divina y cruel que tuve que encontrar otro movimiento para hacer durante la espera. La solución fue un leve contoneo en el lugar, que sirvió sobre todo para evitar que la mano, que instintivamente quería rascar el ardor, se me fuera descontrolada. Y estaba a la altura del Obelisco, caminando por una calle Sarmiento muy poblada, cuando pasó.

Fueron apenas dos segundos, pero tuve que frenar y sostenerme contra una pared. Eso se llama clímax, amigos, y me tembló el mundo.  Entonces algo se aflojó, adquirí una leve sonrisa que para la altura de Callao era una alegría incontrolable y llegué flotando a casa. Privilegios del mundo femenino para contrarrestar tanta porquería machista que nos atraviesa.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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