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TEMAS DE LA SEMANA

¿Por qué nos ponemos tan tontos cuando nos gusta alguien?

Vera Killer se reconoce como una bomba de endorfinas a punto de explotar y hace un racconto de todas las veces que la ansiedad o los nervios interfieren con sus planes de seducción.

Por Vera Killer
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Me gusta un chico y no puedo parar de hacer estupideces. Siempre me pasa, desde el primero que me interesó, Julio, a los 5 años, en salita naranja. Yo sólo quería contarle que tenía un conejo con su nombre y él estaba obsesionado con recorrer el patio sobre su caballo imaginario al grito de “Aiho Silver”. No es que lo perseguía y él huía de mí en círculos como creyó la maestra que me recomendó no acosar a mis compañeros en un reto público que aún me mini trauma.

A los 15 estaba loca por Mariano. Callejero, picante, de pelo largo y con unas pecas hermosas que no me dejaban pensar con claridad. “Mirá la goma que se armó ahí”, me comentó una tarde de sol, a unos pasos de dos que estaban disputándose el territorio de una esquina. “¿Dónde?”, le pregunté más interesada en mantenerlo hablándome que por ver lo que señalaba. “Ahí, cieguita”, dijo. “¿Al lado de la pelea?”, pregunté, porque yo buscaba una goma, literal, enorme, tipo llanta de camión. Antes de terminar de hablar me di cuenta del error, pero ya era tarde; el chico de mis sueños me miraba como quien mira a un marciano hacer la fila del supermercado.

No es una característica mía en particular, o de las chicas en general. Lo sé porque estuve algunas veces del otro lado. A los 25 empecé a salir con Luis, profesor de historia y un hermoso mono peludo que me decía “polaquita”. Estaba enamorado de mí muy románticamente. Me regalaba flores y rebalsaba gestos tan caballerescos como absurdos. Por ejemplo, después de tres meses todavía no habíamos tenido sexo y, galanterías aparte, ya era hora de revolcarnos un poco.

Esa noche que venía a cenar a mi casa era la noche. Comimos rico, bebimos delicioso, la pasamos estupendo, nos dimos besos y nos tiramos en el sillón. Cuando ya estábamos ahí, a un suspiro del mundo, dijo “tengo que ir al baño”. Y salió casi corriendo. Me dio un poco de risa. Pasó un rato y me empecé a sentir ridícula a medio vestir. Me acomodé un poco. Tic tac. Di unas vueltas por la casa. Silencio sepulcral. Tomé un vaso de agua. No volvía. Le pregunté en voz alta si estaba bien. Nada. Fui a golpearle la puerta. Cri Cri. Tuve que abrir. Y ahí estaba, desmayado, su enormidad encastrada entre el inodoro y el bidet. Le había bajado la presión. Por los nervios, dijo. Un tipo de 35 años.

¿Qué nos hace mostrar lo peor de nosotros al que más nos gusta? Al objeto de mi afecto actual no puedo dejar de parlotearle sin parar y lo apabullo con cháchara que corto por temor a estar siendo excesiva. Pobre hombre, que casi ni me conoce y cuando me cruza casualmente me ve fluctuar entre un estado y otro. Le hablo, le hablo, le hablo y de pronto me callo abruptamente para, en medio del silencio incómodo que genero, irme a hacer otra cosa. Y lo dejo pagando.

Va a ser divertidísimo de recordar esto en el mediano plazo, pero ahora lo mío con él es un papelón tras otro. Durante un mes le dije “Pablo”, convencida de que nombrarlo mucho era una señal de interés. Ayer me corrigió. “Diego”, aclaró con una risita de patán hermosa. ¿Qué me hace actuar así? ¿Es la ansiedad por revolcarme con él? Sí. No. No sé. Soy una bomba de endorfinas a punto de explotar y cuando lo veo sólo quiero hacerle rulitos en la barba, sacarle los anteojos y besuquearlo un rato en medio de la calle. ¡Auxilio!

DZ/dp

 

Fuente Redacción Z
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