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Las chicas también tenemos sueños húmedos

No es una experiencia exclusiva de los hombres, explica Vera Killer y no le molesta tener que aclararlo porque justo anoche tuvo uno y quedó felizmente inmunizada a lo malo del mundo.

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Buen día, escribo estas líneas una mañana cálida de fin del invierno y, aunque todo sea una porquería en general, en la mayoría de las áreas, me siento bastante bien. Es que el sol entra por la ventana y transforma mi habitación en un caleidoscopio gigante. Hay estalactitas de polvo jugando en un rayo de luz que cae justo frente a mí. Sigo en la cama, un poco aturdida, descansada, contenta.

Las sábanas están apenas mojadas, como si hubiera caído una llovizna. Es mi transpiración, lo sé. La de abajo está salida por un costado, así que estoy apoyada sobre el colchón, y la de arriba se enroscó en mis pies. Yo hice este lío. Perdí una de mis almohadas. Debo haberla tirado. Tengo el pelo revuelto, parece un afro dorado. Me encanta. Mi bombacha es una mugre hermosa. Me acabo de despertar, estoy sola, y anoche tuve un sueño húmedo. Amo cuando pasa, es como una compensación kármica al malestar del mundo.

Casi todos los hombres experimentan en algún momento este tipo de sueños eróticos que repercuten físicamente, se levantan preparados, endurecidos o pegoteados. Pero no son los dueños de la experiencia. A nosotras también nos pasa. Un 70 por ciento de las mujeres, por poner un número bastante certero, tenemos esta suerte. Aunque no siempre haya orgasmo, siempre son expresiones oníricas relacionadas con el deseo y el placer sexual que, se acabe o no, están buenísimas.

Tengo que levantarme, lo sé, pero todavía no quiero despegarme de este enchastre. Cuando era adolescente me pasaba mucho más seguido, pero ahora el orgasmo que llega mientras duermo me sucede sólo cada tanto. No quiero terminar de dejarlo ir, la pasé muy bien. Al sueño que me sacudió divinamente anoche le haría cucharita un rato, le prepararía un desayuno nutritivo, lo besaría en la boca, le pediría que por favor me llame otra vez.

No tengo idea de la trama. Si me esfuerzo un poco me vienen flashes. Estoy en la habitación de alguien, siento la cosquilla de un bigote que me besa el cuello, no puedo parar de reír. Es un bar, algo me inquieta, pero me gusta, veo a la distancia la barra y me tengo que sostener con una mesa porque unas manos grandes me levantan la pollera, desde atrás. Intento disimular, me tiemblan las piernas, la otra gente es un murmullo que crece mientras el dueño de las manos me penetra.

El rayo de luz en mi habitación se movió, ya alcanza los pies de mi cama y eso quiere decir que se hace tarde, que avanza la mañana. Canturreo hasta la cocina, preparo un café, lo tomo caminando por la casa. Me visto rápido, sin pensar, creo que estoy mini bailando. Me dejo el pelo suelto y cuando me chequeo en el espejo me gustan mis labios hinchados, mis ojos luminosos. Me alejo de las maravillas que pasan en mi habitación rumbo a la calle. Me pongo la campera y recibo un eco erótico, como un estertor que me hace sacudir. Es un escalofrío caluroso que se diluye con el viento cuando abro la puerta y salgo al mundo, inmunizada.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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