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La infancia en “Adentro tampoco hay luz”

Esta novela -ganadora del primer premio de narrativa del Fondo Nacional de las Artes- narra la historia de una niña que abandona la vida urbana para ir a una granja remota.

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Leila Sucari

Ni la infancia ni el campo aparecen como espacios conciliadores en Adentro tampoco hay luz, novela de la joven escritora Leila Sucari sobre el extremo poder de adaptación de una niña que abandona la vida urbana para pasar una temporada junto a su abuela y una prima en una granja remota casi desmantelada donde escasean el afecto, la comunicación y los recursos económicos.

La precariedad emocional tiene mayor peso que la material en este mundo desolador al que llega la protagonista y narradora de esta historia. La novela, ganadora del primer premio de narrativa del Fondo Nacional de las Artes, no funciona como testimonio de la soledad y el desamor, sino más bien como la hazaña singular de una chica que en el umbral de la pubertad inventa un mundo alternativo para ser feliz allí donde parece que solo resta sufrir. O resignarse.

Por el contrario, la ausencia de estructuras estables no parece afectar a la protagonista del libro, que aprovecha la ausencia de cuidados para explorar el mundo a su antojo, establecer relaciones de complicidad con distintos animales -primero una chancha y luego un lagarto- y finalmente emancipar su percepción de los comentarios sentenciosos que escucha de los adultos. Adentro tampoco hay luz replica la agudeza de un objeto escudriñado por la lente de un microscopio: su prosa es una oda a la miniatura, al pliegue revelador disimulado en la monotonía de una geografía seca que, bajo la observación sagaz de Sucari, termina siendo sintomática de la errancia y orfandad de todos los personajes.

La escritora acierta en su apuesta a un registro sensorial que desplaza los sentimientos y pone el foco en una sucesión de fluidos y olores que marcan el punto de quiebre entre el lector y la narradora: el interior jugoso de un insecto aplastado con la mano o los cuerpos rollizos de mujeres sumergiéndose en el barro tibio de una improvisada estación termal, resultan al mismo tiempo amigables para la niña y ligeramente repulsivos para quien reconfigura visualmente esas descripciones. “Ser niño es estar en contacto directo con la crudeza, la belleza y la ferocidad de la vida”, dice Sucari, que tiene 29 años y se desempeña como periodista free lance en distintas publicaciones.

-¿La idea fue romper con los mitos idilicos que sugieren el campo y la infancia?
-Me interesaba ir contra los lugares comunes, que casi siempre son falsos estereotipos. El campo no es un lugar tranquilo, es un territorio lleno de tensiones donde la vida y la muerte son dos fuerzas que se atraen y que están en movimiento. Lo mismo sucede en la niñez. No existen lugares idílicos ni seguros cuando mirás de cerca. Las postales funcionan porque son imágenes distantes. Si te embarrás los pies y acercás el lente, nada es lo que parece.

-¿El título del libro alude a las dificultades para conectarse con el deseo?
-Todos los personajes están en una búsqueda. El título tiene que ver con esta idea de andar por las tinieblas, medio a la deriva. Ninguno sabe muy bien para dónde va ni con qué objetivo. Se avanza tanteando el futuro a oscuras. De alguna manera quise retomar el concepto de flaneur del que habla Walter Benjamin cuando escribe sobre Baudelaire: vagar sin rumbo claro, sin metas concretas, dispuesto a lo imprevisto. La desorientación y la búsqueda no en un sentido peyorativo, sino como prueba de que estamos vivos.

-¿Vivir al margen de confort físico y emocional genera que el mundo interior de la niña sea más rico?

-Creo que sí. La marginalidad le da la posibilidad de ser libre. La falta de territorios estables y de referentes adultos es el motor de su propia búsqueda. La carencia no la debilita sino que la lleva a cuestionarse todo lo que sucede y a crear sus reglas. La falta de padres, la anarquía, la fortalece, porque le permite un descubrimiento genuino. Su patria son los sentidos. Sin dios ni patrón lo que rige es el deseo.

-¿La decisión de que la niña sea quien cuenta la historia fue una manera de reflexionar sobre la idea de la verdad como una construcción?

-Sí, quería trabajar el concepto de frontera. Los límites difusos entre lo establecido y lo posible, lo real y lo imaginario, la locura y la cordura, el afuera y el adentro, lo animal y lo humano. Al ser una niña, la narradora me dio mucha libertad para jugar y desdibujar las categorías desde el lenguaje. La realidad es una interpretación y los chicos, al igual que los locos, tienen una apertura mucho mayor. Todo es potencia y posibilidad. La verdad es un invento de los adultos en un intento absurdo de ordenar el caos. Estamos desesperados por sistematizar, clasificar, definir.

¿Es porque puede resultar más elocuente a efectos de retratar una atmósfera este énfasis en las descripciones antes que en las acciones?
-No fue planificado, pero es verdad que todo está atravesado por un microscopio. Es una novela de primeros planos. Me parece que hacer foco en la mirada de la narradora, detenerme en esos detalles a los que le presta atención, habla mucho más de quién es ella y qué le pasa que si intentara explicar sus sentimientos. Por otro lado, escribo desde una voz, no a partir de una sucesión de hechos. La construcción de un clima y las imágenes me resultan fundamentales. La trama para mí surge gracias a la voz del personaje y a la atmósfera del relato.

-Una chancha y un lagarto son los depositarios del cariño de la protagonista. ¿Cuánto aportan estos vínculos al precario equilibrio que parece proteger a la niña de la casi orfandad?
-Ella encuentra en los animales un lugar de autenticidad. Desconfía de los adultos, de sus pretensiones y sus vínculos. En cambio, con la naturaleza es pura entrega. Ella misma es un animal. A través de un lenguaje salvaje, físico, puede comunicarse mejor que intentando interactuar con las personas por medio de la palabra. Además, comparte con los animales la falta de moral. No existe una diferencia tajante entre el bien y el mal, no intenta entender ni explicar todo. Las cosas simplemente suceden.

-Hay una mirada paródica de la autoayuda y el coaching. ¿Se podría pensar que este tipo de prácticas son la representación cabal de sociedades cada vez más individualistas?
-Me divertía parodiar la tendencia new age, mostrar sus fisuras y contradicciones. Creo que el coaching y la autoayuda son gritos de ahogado. Es el resultado de la desesperación que provoca la falta de proyectos colectivos y, al mismo tiempo, el terror que da el vacío y la orfandad. Alguien que pretende alcanzar la iluminación dejando de usar dinero, que se autoproclama por fuera del sistema pero vive del trabajo de otros y que no va a votar argumentando que todo es una misma mentira termina siendo funcional al sistema del que intenta escapar.

adentro tampoco hay luz
Adentro tampoco hay luz
Autora: Leila Sucari
Editorial: Tusquets
Precio: $280

 

Fuente Télam
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