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TEMAS DE LA SEMANA

Irse en el momento justo es parte de la fórmula de la felicidad

A veces un segundo demás juntos suele arruinar hasta la más grata de las compañías. Vera Killer, experta en retirarse a tiempo y salidas elegantes, cuenta algunas técnicas de escape.

Por Vera Killer
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¿Por qué será que tantas veces creemos que extenderse en el tiempo es mejor que irse cuando ya la cosa no da para más? ¿Por qué, además, cuesta tanto reconocer cuando la cosa no da para más? ¿Cómo es que tantas veces nos quedamos merodeando alrededor de algo que ya está terminado? Me quería referir a un encuentro puntual entre dos, pero ahora me releo y me doy cuenta de algo fatal: la pregunta sirve también para pensarnos en cómo somos en general.

¿Seguimos en parejas que ya no nos dan alegría? ¿Mantenemos trabajos que dejaron de desafiarnos? ¿Tenemos los mismos amigos desde la primaria aunque sean aburridos o un poco malvados? ¿Volvemos una y otra vez a ese restaurante en el que hace mil años comimos bien aunque hace rato no nos gusta nada de su carta? Un corte tajante muchas veces es más amable que seguir ordeñando la vaca deshidratada.

Lo de atravesar la habitación ajena en puntitas de pie por la madrugada para darse salida sin decir adiós no sólo es un cliché, sino que me parece guarango, la verdad. Pero irse a tiempo, no estirar la cosa demás, incluso quedarse un poco con las ganas, terminar el encuentro cuando todavía es genial, creo que eso es casi tan importante como respirar.

Un tipo de ejemplar masculino que complica la despegada es el falso caballero, que insiste en acompañarte hasta la puerta de tu casa en un gesto arcaico y casi incompresible que mayormente nos infantiliza y mini denigra, pero todo enmascarado como gentileza varonil. Si la cena fue un incordio y digo que me tengo que ir, dejame ir, por favor, sin imponer más tiempo juntos. No quiero no quiero no quiero que me acompañes al taxi, gracias, gracias, basta, chau.

La última vez que quedé atrapada fue hace mucho, pero la recuerdo al detalle. El chico me gustaba un montón, ya nos habíamos visto varias veces y yo sentía una tendencia al noviazgo, porque era ridículamente joven y romántica. Pasamos una noche estupenda, nos reímos, revolcamos, bebimos, comimos, volvimos a revolcarnos, incluso dormimos juntos felizmente. Si se hubiera ido antes, tal vez hoy todavía estaríamos juntos.

El desayuno no hacía falta, pero igual estuvo bien. No soy fría y marcial. Ahora, realmente, el segundo café fue un poco eterno y la especie de sobremesa matutina, definitivamente insostenible. No quería ser bruta, así que me callé y confié en que se diera cuenta de que era hora de irse. Llevé las tazas a la cocina, las lavé, prendí un cigarrillo y carraspeé, pero nada. El pibe seguía ahí. Relajado. Inamovible.

Sus comentarios graciosos me empezaron a irritar, el modo de rascarse atrás de la oreja me resultó antipático y mientras lo veía recorrer mi living, inspeccionar mis libros, sólo quería silencio, ir al baño, quedarme felizmente sola. No es que el pobre chico fuera un monstruo. Lo que pasó fue una terrible conjunción entre su leve desubicación y mi estúpido prurito de decir directa y claramente que ya era hora de terminar la cita. Esa fue la última vez que me engrampé un una situación perno por falsa amabilidad y desde entonces empecé un gran camino, sin retorno, pero en el mejor sentido, de sinceridad final.

No hay que privarse de decir alto y claro la frase mágica de sólo dos palabras que funciona con una fuerza arrolladora: “bueno, chau”. Se formula en voz alta y, como un genio que se libera de la lámpara, cumple el deseo. Es amable, pero definitiva. Si se acompaña de una sonrisa, hasta suena cálida. Si el plan es retomar otro día, el parlamento queda precioso con un beso tierno. Se remata con una caminata decidida hacia la puerta sin mirar atrás.

Bueno, chau.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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