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TEMAS DE LA SEMANA

Más de 2700 adolescentes van a clases con sus hijos

Estudiar y ser mamá: un programa para evitar la deserción escolar. Los nenes quedan en salitas en la propia escuela secundaria o en jardines cercanos. Hay un régimen especial de faltas.

Por Valentina Herraz Viglieca
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Suena el timbre y desde las aulas van saliendo decenas de chicos al patio. El pasillo que da a la salida se puebla de caras más o menos morenas, con granitos, aros, maquilladas, con los pelos teñidos y sin teñir. Chau, chau, algunos cruzan a la vereda de enfrente y se van armando rondas de adolescentes. Recién ahí, cuando se despeja el pasillo, aparece Karen con su bebé en los brazos. Estamos en el Colegio N° 5 Bartolomé Mitre, de Balvanera, cerca del Shopping Abasto. Atrás de Karen viene caminando Felicidad, también con su hijo de la mano. Tiene una sonrisa enorme. Es hora de volver a casa.

El Programa Alumnas Embarazadas, Alumnas Madres y Alumnos Padres depende del Ministerio de Educación de la Ciudad y tiene el objetivo de que los chicos no abandonen la escuela. Funciona con una estructura abierta que se adapta a las necesidades de cada comunidad educativa. Y a los recursos, claro.

En algunas escuelas hay un aula que funciona como “sala integradora”, un único espacio para todos los chicos hasta los 4 años. También reciben a los hijos de alumnas de escuelas vecinas: las madres dejan las criaturas y se van a cursar.

Las alumnas madres tienen prioridad para la inscripción on line. Por eso otra modalidad es la articulación de la escuela media con los jardines de la zona. Por ejemplo, desde 2010, la Escuela Infantil N° 2 de Monserrat tiene un turno vespertino donde dejan sus hijos las alumnas de los colegios cercanos.

Karen y Felicidad, en cambio, dejan a sus hijitos en la sala de primera infancia que funciona en la planta baja de su propia escuela, el Mitre. “Vienen 14 nenes entre la mañana y la tarde. Nuestra sala integrada acepta desde bebés hasta nenes y nenas de 4 años”, cuenta María Laura, coordinadora del turno mañana del jardín Luciérnagas.

La sala tiene un piso grande de goma eva de colores, hay juguetes y materiales reciclables por todos lados –botellas, tapitas, corchos– y muchos papeles. María Laura pone unas palanganas sobre el piso y va volcando distintos materiales. Pasadas las 13 llegan los primeros chiquitos, se sientan alrededor de las palanganas y empiezan a sacar los corchos y las tapitas, y a jugar entre ellos. Los nenes se ven cómodos con el espacio. Uno se pone a llorar y su mamá se corre el flequillo, lo acaricia y le dice: “Hijito estoy ahí ¿ves? Ahí en frente”, y señala un aula próxima.

Hay 2.700 alumnas y alumnos incorporados al Programa. Se ignora cuántos hijos deja cada alumna ni si, además, tienen otros que no concurren al jardín.

El Programa funciona hace 16 años. Empezó a aplicarse en 2001, en las Escuelas Municipales de Enseñanza Media. Las EMEM fueron creadas en los 90 y se instalaron en barrios del sur donde faltaban escuelas secundarias. Sus alumnos suelen ser adolescentes de los sectores más pobres. Enfrentados al embarazo adolescente y a la evidencia de que muchas chicas no volvían a estudiar, la escuela se adaptó para evitar que desertaran.

En las escuelas del Programa hay uno o dos “referentes” por turno. El referente puede ser docente, preceptor, bibliotecario. El requisito es que tenga buena onda con los pibes porque su tarea es hablar con ellos, ayudarlos, interceder ante los docentes para que les manden la tarea cuando faltan, insistirles en que cumplan los controles médicos propios y los del bebé. Es una función que se sostiene más por amor al arte que por la remuneración. “Cobran con tres módulos institucionales de 190 pesos por semana, sin aportes, vacaciones, aguinaldo ni antigüedad. A veces se cobra con cuatro meses de retraso”, explica Ariel Sánchez, delegado de UTE. Los referentes son coordinados por un docente capacitador que remite a la jefa del programa, Mariana Vera.

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Es mejor que la salita esté en el mismo edificio porque los horarios del jardín y de la enseñanza media no coinciden.

De boca en boca

René y Victoria son los referentes de la Escuela de Comercio N° 18. Queda en Juan Carlos Gómez al 300, en el corazón de Parque Patricios. Ahí funcionaba Nocheritos, una sala infantil vespertina. Hubo que insistirle un par de años al Ministerio para que nombrara a otros dos docentes y abrir, en la sala ya acondicionada, el turno mañana. “Acá no hubo inscripción, nos enteramos cuando empezaban las clases y les avisamos a los alumnos. El nombre se eligió entre todos y quedó Huellitas del Reino, cuenta René, que ya era preceptor de los dos turnos.

La ventaja de que la sala esté en el colegio es que las alumnas pueden ver a sus hijos, amamantarlos, jugar con ellos en los recreos. “Está por llegar un bebé de 45 días, la mamá ya quiere volver. Durante los meses de embarazo se la pasaba en la salita, charlando con las seño y jugando con los bebés de sus compañeras”, se emociona Victoria. La sala es un espacio de contención, aprendizaje e intercambio de experiencias para chicas que no suelen tener donde acudir.

Podría decirse que al revés de la mayoría de los programa de Educación, el de alumnas madres fue desde las aulas hacia el Ministerio. A mediados de los 90, las escuelas vieron que muchas de sus alumnas se embarazaban y dejaban de estudiar. El régimen de faltas y la maternidad parecían incompatibles. Algunas escuelas, de hecho, permitieron las llegadas tardes y que las alumnas fueran con sus bebés (que se quedaban en brazos de algún preceptor), las dejaron amamantar. “Como con todo, al principio hubo resistencias. Aunque el programa contempla que los bebés estén en las aulas, hay profesores que no los quieren ahí”, explica René. En 2000 apareció una figura intermedia, “las madres cuidadoras”. Mujeres que cuidaban los chiquitos durante las horas de clase. Fue el primer paso.

A fines de 2001 se aprobó la ley 709, que fija un máximo de 45 días de inasistencia antes o después del parto. A los padres les justifican los cinco días posteriores al nacimiento. También autoriza una hora de lactancia. Por ser una ley, sus decisiones son aplicables tanto en escuelas privadas como públicas. Pero la difusión del programa recae exclusivamente sobre sus miembros. A la entrada del colegio Mitre hay un cartel escrito a mano que informa del programa y nombra a las tres referentes de la escuela. Un vívido contraste con los tres afiches del hall que anuncian la entrega de netbooks, a todo color y con el logo enorme de BA.

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La ley 709, de 2001, autoriza 45 faltas y una hora de lactancia.

A las corridas

Karen no puede hablar, está apurada, tiene que tomar el tren hasta Liniers, la esperan en la estación. Su bebé la abraza como un osito coala, por el cuello. “Con la sala y la escuela está todo bien”, dice con una sonrisa decidida, y se va rápido.

Empiezan a llegar a la escuela los chicos del turno tarde, algunos entran, otros se juntan en la puerta, fuman un cigarrillo. Se abre lugar un muchacho de unos 16 o 17 años con un carrito. Su bebé duerme bajo una manta celeste: “Ya tiene que entrar”, dice, haciendo referencia al bebé, claro. Una escena similar se da en otros jardines vespertinos como el N° 2 de Monserrat donde las alumnas dejan a sus hijitos entre las 18 y las 22.45. Ya es de noche, hace frío, lo único que quieren es volver a casa. En todos los turnos se da de comer a los chicos. Cerca de las 11 llegan las viandas calentitas para el turno mañana, rotuladas por edad.

Que la sala no esté dentro de la escuela es una dificultad no sólo porque los chicos no están en contacto con sus madres. Además, los horarios no coinciden. Por ejemplo el ingreso del turno mañana de un jardín es a las 9 y el de la escuela media, a las 7.45. Esto significa que las dos primeras horas las chicas están con sus hijos en el aula, lo que puede ser bastante caótico pero también demuestra la voluntad de mantenerse dentro del sistema educativo, y la decisión del colegio de ayudarlas.

Balvanera siempre tiene muchos autos, bocinazos, ruido. La calle Valentín Gómez es así, la vía de escape de los que abandonan Corrientes por ganar tiempo. En la cuadra del colegio Mitre, la ciudad se mezcla con los chicos que charlan, se ríen, corren. Están en la secundaria, son frescos. Un señor sale de la dirección del colegio hasta la puerta, “hay que entrar chicos, vamos”, dice varias veces. Algunos adolescentes se apuran y pasan, otros siguen en la vereda. “Vamos, vamos que se cierran las puertas”, insiste el adulto que acaricia las cabecitas de los nenes y nenas que entran de la mano de las alumnas. Los más chiquitos le sonríen, una nena le dice hola con alegría.

A mitad de cuadra está Felicidad, a la altura del kiosco. Sus amigas la esperaron, caminan de a tres. “Chau, chau”, la saludan desde la puerta de la escuela. “Hasta mañana”, contesta la mamá. Matías sacude la manito.

Fotos: Gabriel Palmioli

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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