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Entusiasmados versus espantados: cómo cada uno ve lo que quiere

Vera Killer se pregunta, y trata de responder, por qué si dos personas viven una misma situación pueden tener versiones tan opuestas de lo que pasó. No sean pegajosos, aconseja.

Por Vera Killer
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Hay un cliché femenino -que es más una invención del varón asustado que una recurrencia de la mujer, pero eso lo dejo para otra columna- sobre la mina que sobreinterpreta las señales. Bueno, claro que existen. Pero no están solas y menos aún es cuestión de género, para nada. A muchos chicos les pasa eso, incluso ellos son más que nosotras. Saben de lo que hablo, ¿no?

He visto y veo este problema en determinado tipo de gente, sin distinción de sexo. Con una anécdota o momento compartido, uno sale diciendo no me gustó y el otro convencido de que estuvo buenísimo. Lo que para uno es señal clara de rechazo, el otro se lo toma como invitación. ¿Es negación de la realidad, enorme autoestima, un mix o qué cuernos? Todos hemos ocupado alguna vez uno de los dos lugares, pero sólo estamos enterados de esto los espantados. ¿Cómo pueden dos personas confluir en un mismo instante y salir de ahí con dos versiones tan dispares?

El momento más típico para que chifle este moño es en una primera cita. Hubo situaciones incómodas para uno que fueron silencios de confianza para el otro, por ejemplo, y entonces A cree que está claro que no funciona mientras B concluye que la próxima vez va a ser aún mejor. Y llama. Y no entiende, no ve, no escucha el rechazo. Y se entusiasma. Y finalmente se desilusiona o hasta se enoja. Usa mucho la muletilla “pero cuando vos hiciste… estabas queriendo darme a entender que…”. Y del otro hay cada vez más espanto.  ¿De qué lado de la vara suelen estar? Yo, libertaria (o fóbica) acostumbro terminar junto a los espantados, agrupada diciendo “¿cómo es que salió de ese momento espantoso tan entusiasmado?”

Otra instancia de quiebre es con el sexo.  Yo sé que puse cara de horror cuando metí la mano en el calzoncillo de ese pibe y descubrí que tenía las bolitas más pequeñas del planeta, como dos canicas.  No dije nada, claro, pero sé que no llegué a disimular porque incluso sentí que un escalofrío me recorría la espalda. Seguí adelante porque ya estaba en el baile y tengo espíritu deportivo. Pensé que iba a poder, hice lo posible por trascender eso, que a fin de cuentas parece una pavada.

Bueno, no lo es. Lo aprendí ahí, revolcándome con este eunuco natural, extrañando un golpeteo de rebote que nunca había valorado hasta entonces, notando una ausencia que se me hizo protagónica. “Me tengo que ir”, le dije apenas arrojó un último suspiro y en menos de tres segundos ya estaba vestida, en la puerta. “Chau, nos vemos”, fue mi frase final antes del beso en la mejilla. Tomé el taxi a casa segura de haber sido muy clara. Sin embargo, y contrra cualquier pronóstico, generé un inexplicable entusiasmo.

No es una charla que se pueda tener con un casi extraño. Cómo decirle que no me gustó que tuviera el escroto tan ajustado. Ni siquiera suena frívolo, es absurdo y chistosamente ofensivo, en el peor sentido. Pero sí comuniqué sin ninguna ambigüedad que no había funcionado. Fue el encuentro sexual más breve, anodino y descoordinado de mi vida. Estuve ahí sólo queriendo terminar, sin doble sentido, finalizar, irme, no volver a pasar por eso. Nadie en su sano juicio interpretaría que así actúa alguien que está encantado de la vida.

Confié en eso. Aunque él no haya sabido mi motivo, tampoco le puede haber parecido bueno ese encuentro.  Porque vamos a lo práctico: ¿cómo podés pasarla bien cuando el otro no está a gusto? Sin embargo, ni registro. Mientras yo creía que todo se iba a diluir amablemente, él me llamaba al día siguiente para darme los buenos días princesa y, horror del mundo, hablarme como si compartiéramos una intimidad maravillosa. Fue como haberme perdido un capítulo de la serie, no entendía por qué ese personaje estaba actuando así.

Ya sea negación, ego o delirio, deberían ir a terapia. O hablar con algún amigo realista. O lo que sea que los ayude a bajar a la tierra. Porque los espantados vamos a lograr siempre escurrirnos de sus garras, pero ustedes, entusiastas, oigan: se los ve y se los vive, en el mejor de los casos, como a Pepe le Pew, el zorrino que sobreinterpreta la raya blanca de pintura en la pobre gata negra, que no sabe cómo salir de su apestoso abrazo.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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