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TEMAS DE LA SEMANA

Editoriales independientes: Literatura a fuerza de deseo

Son un movimiento autogestivo. Escriben, editan y tienen su propia Feria del Libro Independiente.

Por alejandro-tarruella
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Vaya uno a saber si son sólo escritores y editoriales independientes, o fragmentos de las palabras que se usan en la Ciudad y que regresan en forma de libro. Lo cierto es que son muchos y se reúnen los miércoles por la noche en La Libre, de Bolívar 646, en San Telmo, para leer textos, beber vino y repasar los catálogos ausentes, más centenares de libros que quedaron ahí, tras la muerte del poeta editor José Luis Mangieri. Allí están Simón Ingouville, distribuidor, la actriz y directora Fernanda Capullo y el poeta Darío Semino, entre cientos de libros que no se encuentra en las librerías.

Se escribe y se edita para que una vez al año en la Feria del Libro Independiente, que usa el estacionamiento de la Facultad de Sociales en Azcuénaga y Paraguay, o de Letras, en Puan, se junten miles de personas a comprar Ojo pié o El libro del pie de Diego Seoane, en cuya tapa hay un dibujo de un pie con un ojo en el empeine, sin título. Un pez no puede torcer el océano escribió Seoane y lleva vendidos más de 10 mil ejemplares en Plaza Francia, Parque Chacabuco, suficiente para obtener ingresos que completa como violinista y guitarrista de Los Psíquicos Litoraleños. Hoy lo edita No Hay Vergüenza Ediciones, hasta hace poco él editaba unos cien ejemplares y salía a hacer la calle.

Resabios de 2001

La editorial Eloísa Cartonera fue el punto de partida, reconoce Simón Ingouville, que desde La Libre hoy distribuye a todo el país. “Todo comenzó con los cacerolazos”, sintetiza el poeta Roberto Riera, integrante de la editorial Milena Caserola, que orienta Matías Reck: “Si le gusta un trabajo, lo edita. Los escritores independientes hacen autogestión para publicar. Compran papel, se ayudan a cortar con la guillotina, consiguen imprentas con buen precio, editan y salen a vender por fuera de la edición comercial. Empezaron los muchachos de Maldita Ginebra, un movimiento que paraba en la puerta de La Rural y vendía por fuera de la feria del libro”. Los llamados grupos de acción artística, horizontales, fueron Maremagnum, el Grupo de Intervención Política, Etcétera y los Erroristas (error/amor era su consigna).

“El 19 de diciembre de 2001 fue la ruptura y quedamos en la calle, ahí nacieron propuestas sin línea estética, se perdieron los géneros y se mezclaron las formas. Ahora se escribe sin intención de oponerse y no hay miedo a la acción”, subraya Semino.

Surgieron entonces, editoriales como El Asunto, el Andariego, El Desenladrillador, que publican narrativa y poesía, ensayos como El otro Marx, de Oscar del Barco. “Se trabaja en el movimiento en un compromiso sensible”, explica Semino. El novelista Diego Arbit escribe una saga, Nada para nadie y Empiezo a caminar en círculos, que vende miles de ejemplares.

Poetas, narradores y distribuidores participan del subterráneo de lecturas en el Centro Cultural Los Bohemios del Club Atlanta, Casa Brandon de Almagro, Peña Orozco, El Empujón del Diablo y La Matienzo, en Palermo, o el Zoológico de los Poetas, que funciona en una casa de familia. Y se quejan del gobierno de Macri, que persigue sus lugares de encuentro para sumar cierres a sus estadísticas. Por eso los muchachos de Maldita Ginebra, una tapera del Abasto, no quieren revelar la dirección.
“La tecnología actual ayuda, podés editar 200 ejemplares sin que haya grandes diferencias económicas, entonces se vende y se reimprime sin alteraciones de costos”, explica Semino. Si el escritor anda de suerte, sus libros son comprados por universidades norteamericanas. Las universidades nacionales no suelen tener feeling con el fenómeno.

La movida tiene sus mitos. Tito Arrúa, poeta, escritor y químico que acaba de renunciar a la ciencia, vende miles de libros de poesía. Anahí Ferreyra acaba de reeditar su novela Máscara y vacío, una biografía apócrifa de Syd Barret, en No Hay Vergüenza Ediciones luego de pasar por Milena Caserola, El Desenladrillador y El Asunto. Suele dar talleres literarios en la Aldea Permacultural Velatropa o con los escritores ambulantes de Cóctel Molotov. Fundó las editoriales que la publican y toca la guitarra. Bien decía una vendedora de empanadas en Tucumán hacia 1930, cuando vio descender del tren a unos escritores de trajes raídos: “¡Qué van a ser intelectuales, si ni guitarra tienen!”. Éstos por lo visto, sí. Y construyen realidad con un poco de papel y miles de palabras que leen en algún bar o en una casa a la que buscan sin suerte los inspectores de Macri.

 

Fuente Redacción Z
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