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TEMAS DE LA SEMANA

Cultura: Más acá de la furia

En el Museo de Arte Moderno, un dispositivo permite liberar emociones a través del alarido.

Por marcelo-s-dansey
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Se grita en la cancha y en el piquete, en el campo de batalla y en la sala de partos. Se grita sin pensar, por angustia o felicidad, siempre que los hechos nos pasan por encima y no nos queda otra que lanzar el alma por la garganta. Podría decirse que el grito es todo eso que queda por fuera de la cultura, y es por eso que llama la atención esa máquina para gritar instalada hasta el sábado 31, en el hall de entrada del Museo de Arte Moderno, avenida San Juan 350.
El habitáculo, de acero y cristal, es obra de Narcisa Hirsch y Jorge Caterbetti y está diseñado para descargar la furia cotidiana de manera higiénica y social. El cierre hermético y el sistema de cámaras y micrófonos de El grito permiten que el usuario se desgañite a la vista de todos, sin que nadie escuche nada. El gesto quedará grabado y pasará a formar parte de un archivo audiovisual.
Hirsch vive el acto de gritar como un ejercicio liberador, terapéutico si se quiere. Durante mucho tiempo lo practicó en la Patagonia, “donde hay espacio y silencio”. Ahora, en Buenos Aires, día de por medio se da una vuelta por el museo y, como quien va a misa, cumple con el ritual de pegar un alarido.
¿Cómo vive esa experiencia personal?
Es raro. Se puede provocar el grito y el llanto en frío, y el cuerpo acompaña, como si recordara que hay un grito y un llanto, como si toda esa emoción estuviera escondida en alguna parte esperando que le demos pista. La gente respondió bien, pero creo que la cabina transparente inhibió un poco al gritante. Eso era parte de la obra, pero igualmente esperaba algo más expresivo, más violento, y al final todo se dio en un clima de buenos modales… estamos demasiado culturizados.
Caterbetti, por su parte, tiene otra lectura: “Narcisa tiene un abordaje más subjetivo. Yo en cambio advierto un componente más social, veo el grito como una reacción a situaciones exteriores. Percibo en el grito subjetivo algo más cercano a lo no decible. El dispositivo, que interroga sobre lo público y lo privado, el grito como algo prelingüístico.
¿Cómo sería eso?
¡No! no es un grito, es una negación. El grito es anterior a la negación de una persona en particular, anterior al lenguaje y por lo general expresa situaciones sociales.
Visto así podríamos decir que en cada grito se expresa el horror de toda la humanidad ante algo que nos supera como especie.
La experiencia de este proyecto demuestra que la gente no se acerca al dispositivo a expresar su propia angustia existencial sino su angustia como sujeto social. De ahí el éxito del proyecto. Es increíble la cantidad de gente que ingresó en la cabina para ejercer una potestad que hasta entonces su sociedad no le había provisto.
¿Y cuál habrá sido la clave?
Como seres sociales contamos con argumentos de distintas procedencias para ahogar ese grito. En un ámbito legitimador como es el museo, la cabina destroza todos los argumentos que lo retienen.
En efecto, más de 4.000 personas pasaron por la experiencia y se esperan todavía más hasta fin de mes, cuando la instalación sea levantada. El archivo quedará a disposición de artistas, cineastas, filósofos e investigadores sociales, algunos de los cuales han ofrecido conferencias sobre el tema, en torno a la cabina. Entre esas actividades, que también son parte del proyecto, quizá la más significativa haya sido el concierto audiovisual que estuvo a cargo de Caterbetti y Pablo de la Reta, y que podría entenderse como una liberación masiva de gritos encarcelados. El evento volverá a realizarse con la totalidad de gritos grabados, aunque todavía no tiene fecha.

DZ/LR

 

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