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TEMAS DE LA SEMANA

Camilo Blajaquis: ‘Si no fuera por la literatura, ya estaría muerto’

De menor internado en un instituto a poeta, una historia en la que los libros fueron la salvación.

Por Franco Spinetta
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César González tiene 21 años, pero habla desde la edad indefinida que otorga la experiencia. A los 16 fue acusado de participar de un secuestro extorsivo y lo condenaron a cinco años de prisión. Ahora, en libertad, César es Camilo Blajaquis, el seudónimo con que firma poemas y ensayos en la revista que él mismo edita (Todo Piola) y en su blog (www.camiloblajaquis.blogspot.com).
A principios de año, Blajaquis publicó un libro de poemas, La venganza del cordero atado, ilustrado por Rocambole, el plástico que hizo todo el arte de los Redondos. Con el tiempo, y después de rotar por varios medios de comunicación, Blajaquis se ha convertido en una suerte de ejemplo de transgresión a los límites de la cultura tumbera. Nacido en la Villa Carlos Gardel, en Morón, Camilo eligió quedarse en el barrio para contar la realidad que le toca palpar día tras día.

¿Cómo llegaron los libros a tu vida?
Los libros entraron en mi vida gracias a Merok, un mago que daba cursos de magia en los institutos de menores de Capital. Él enseñaba en el taller venciendo prejuicios e indiferencias adentro de los pabellones, nos enseñaba un truquito y nos hablaba de Walsh, del Che, de Galeano, de Túpac Amaru. En un principio no le daba mucha cabida, pero al ver que insistía y que todas las semanas estaba con nosotros, diciéndonos que éramos personas y no monstruos como nos hacían creer las psicólogas y las asistentes sociales, demostrándonos que venía de corazón y no en busca de ningún cartelito de solidario… un día le dije: “A ver, loco, pasame un libro”. Merok me pasó De Ernesto al Che, y desde ahí mi vida empezó a cambiar. Comencé a preguntarme cosas que nunca me había preguntado. Fue un descubrimiento y un volver a empezar… después vino Operación Masacre, de Walsh, y mi cabeza hizo un quiebre, comenzó una expansión mental que no se detuvo hasta hoy.

¿Sabés cuándo te convertiste en poeta?
Una vez que empecé a leer compulsivamente también comencé a incorporar palabras nuevas, reflexiones, sueños, esperanzas nuevas… sentí que mi vida podía ser más interesante que rejas y plomos policiales. Apareció una luz en las tinieblas. Y esa luz fue el arte, la poesía. Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso. Y empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo. Al pasar el tiempo lo fui fortaleciendo y puliendo, quise mejorar la estética hasta que me atreví a llamar “poesía” a toda esa rabia que descargaba mi cuerpo. Si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales.

¿Qué autores te gustan más o pesaron más en ese renacimiento?
Yo no soy experto en autores, soy poeta. No he leído bastante poesía como para dictar sentencia, pero creo que he leído genios que si me dejaron alguna huella fue porque percibí que estaban tratando de decir algo novedoso, fresco y sin alambre de púas académicas que lo encerraran. Mi referente es Oliverio Girondo, fue un revolucionario, se atrevió a hacer un lindo quilombo con el estilo poético y diciendo cosas interesantes. Después te puedo nombrar un poco de Lorca, un poco de Bukowski y mucho de la poesía de Los Redondos. El Indio Solari es una gran influencia para mí.

¿Qué te dio la lectura?
La lectura, además de conciencia, reflexión y palabras nuevas, me ayudó a soñar con una vida nueva y a descubrir cuánta mentira nos inyectan en el cerebro, cuánta verdad está oculta y cuán necesario para el sistema es que haya pobres, que esos pobres sean ignorantes y que terminen presos o trabajando en negro en una fábrica. Conocer sobre la vida y obra de tantos brillantes seres humanos como Van Gogh, el Che, Kafka, Dostoievski, Nietzsche, Foucault, Spinoza, Deleuze, Walsh, Roberto Arlt, Shakespeare, Cortázar… todo eso me ayudó a tener una ética de vida, que trato de profundizar a través de mis actos y no de mis dichos simplemente. Creo que si estos autores lograron ayudarme -mientras que para los jueces y fiscales y gran parte de esta sociedad era un caso perdido, un negrito de mierda más-, es porque si bien su obra artística es genial e inigualable, la verdadera obra estuvo en sus vidas porque fueron coherentes. Esa coherencia es mi mayor aspiración en la actualidad.

Si pudieras resumir tu experiencia, ¿qué título le pondrías?
Sería imposible darle un solo título a tantas cosas. Soy defensor de la multiplicidad, de lo plural, de lo diverso. Pero el título sería algo así como: “Comprobación científica de que el arte salva”. Otro posible es: “Anomalía del sistema: se abrazó a la poesía y resurgió del infierno”.

 

Fuente Redacción Z
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