08:42 | Miércoles 8 de septiembre de 2010
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Parque Ameghino, donde los jacarandáes azulan la tarde

El Antiguo Cementerio del Sur colapsó durante la epidemia de fiebre amarilla. Hoy es una bella plaza de árboles añosos, poblada de chicos y perros.

Hay una manzana en el barrio de Parque Patricios por donde la gente no pasa apurada. Los chi­cos juegan y muchas veces se ar­man picnics o hasta asaditos de vereda; du­rante la semana, los perros corren o duermen largas siestas y los fines de semana decenas de jóvenes bailan al ritmo de los bombos murgueros. Otros se juntan a tocar candom­be, ensayar malabares, practicar tai chi.

Todo esto, y más, transcurre en el Parque Florentino Ameghino, frente al casco viejo de la cárcel de Caseros. El parque ocupa un enor­me terreno de 46.622 metros cuadrados, en­tre las calles Santa Cruz, Uspallata, Monaste­rio y avenida Caseros. Con decenas de árboles frondosos y floridos, hay épocas del año don­de la flor del jacarandá baña los ocho caminos que, trazando diagonales, confluyen en el cen­tro de un parque con historia.

En la época de la colonia, el predio for­maba parte de la quinta de la familia Esca­lada y allí murió, en 1823, María de los Re­medios, la joven esposa del general José de San Martín. Después, Juan Manuel de Ro­sas compró el predio y decidió que se des­tinara a construir el Cementerio Sur. Aun­que los vecinos se resistieron, empezaron los entierros. La inauguración formal fue en 1867, a raíz de una epidemia de cólera.

La explicación de cómo el Cemente­rio del Sur se convirtió en un parque lle­no de vida se encuentra donde confluyen los ocho caminos, en el imponente Monu­mento a los Caídos por la fiebre amarilla de 1871, obra del escultor uruguayo Ma­nuel Ferrari inaugurada en 1873. El artis­ta homenajea "la virtud, la abnegación y el sacrificio" de quienes dieron su vida por socorrer a las víctimas de la epidemia más mortífera que asoló la Ciudad. Entre febre­ro y junio de 1871 murieron cerca de 14 mil personas.

La epidemia empezó en los conventillos, que no tenían sanitarios ni desagües, donde vivían hacinados negros e inmigrantes. Pero Narciso Martínez de Hoz, entonces intenden­te de Buenos Aires, prefirió no dar a conocer la situación para no arruinar los festejos de carnaval. En abril, ya había 400 muertes dia­rias Se saturaron los hospitales generales de Hombres, de Mujeres, el Italiano y la Casa de Expósitos (Casa Cuna). Muchos de los sesen­ta médicos que permanecieron en la Ciudad perdieron la vida cuidando a sus pacientes, al igual que los enfermeros y sepultureros.

HUIR DE LA PESTE

Mientras los ataúdes se apilaban en las esquinas, el presidente Sarmiento, el vice­presidente Adolfo Alsina y dos tercios de la población abandonaron Buenos Aires. La zona sur dejó para siempre de ser el cen­tro porteño: la gente rica escapó de la peste mudándose al norte. La catástrofe sanitaria fue de tal magnitud que se formaron comi­siones populares de asistencia y se constru­yeron de apuro el hospital Ramos Mejía y el cementerio de la Chacarita. El ferrocarril del Oeste trasladaba los cadáveres dos ve­ces por día en una formación de emergen­cia llamada "tren de la muerte".

El Cementerio del Sur colapsó: se ente­rraron unas 11 mil personas y hubo que ce­rrarlo. El 24 de agosto de 1882 fueron tras­ladados los restos, entre ellos los del escritor José Mármol y del médico Francisco Muñiz, mártir de la epidemia, a otros cementerios. Tras su clausura definitiva, el Concejo Deli­berante dispuso la creación de un parque que primero se llamó Bernardino Rivadavia y, desde 1928, Florentino Ameghino.

En 1940, durante una remodelación, to­davía se encontraron ataúdes y huesos huma­nos. En verdad, nadie puede asegurar que ac­tualmente no queden restos bajo la superficie ondulada y fértil del Parque Ameghino.

 

Valentina Herraz Viglieca Redacción Z

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