El Antiguo Cementerio del Sur colapsó durante la epidemia de fiebre amarilla. Hoy es una bella plaza de árboles añosos, poblada de chicos y perros.
Hay una manzana en el barrio de Parque Patricios por donde la gente no pasa apurada. Los chicos juegan y muchas veces se arman picnics o hasta asaditos de vereda; durante la semana, los perros corren o duermen largas siestas y los fines de semana decenas de jóvenes bailan al ritmo de los bombos murgueros. Otros se juntan a tocar candombe, ensayar malabares, practicar tai chi.
Todo esto, y más, transcurre en el Parque Florentino Ameghino, frente al casco viejo de la cárcel de Caseros. El parque ocupa un enorme terreno de 46.622 metros cuadrados, entre las calles Santa Cruz, Uspallata, Monasterio y avenida Caseros. Con decenas de árboles frondosos y floridos, hay épocas del año donde la flor del jacarandá baña los ocho caminos que, trazando diagonales, confluyen en el centro de un parque con historia.
En la época de la colonia, el predio formaba parte de la quinta de la familia Escalada y allí murió, en 1823, María de los Remedios, la joven esposa del general José de San Martín. Después, Juan Manuel de Rosas compró el predio y decidió que se destinara a construir el Cementerio Sur. Aunque los vecinos se resistieron, empezaron los entierros. La inauguración formal fue en 1867, a raíz de una epidemia de cólera.
La explicación de cómo el Cementerio del Sur se convirtió en un parque lleno de vida se encuentra donde confluyen los ocho caminos, en el imponente Monumento a los Caídos por la fiebre amarilla de 1871, obra del escultor uruguayo Manuel Ferrari inaugurada en 1873. El artista homenajea "la virtud, la abnegación y el sacrificio" de quienes dieron su vida por socorrer a las víctimas de la epidemia más mortífera que asoló la Ciudad. Entre febrero y junio de 1871 murieron cerca de 14 mil personas.
La epidemia empezó en los conventillos, que no tenían sanitarios ni desagües, donde vivían hacinados negros e inmigrantes. Pero Narciso Martínez de Hoz, entonces intendente de Buenos Aires, prefirió no dar a conocer la situación para no arruinar los festejos de carnaval. En abril, ya había 400 muertes diarias Se saturaron los hospitales generales de Hombres, de Mujeres, el Italiano y la Casa de Expósitos (Casa Cuna). Muchos de los sesenta médicos que permanecieron en la Ciudad perdieron la vida cuidando a sus pacientes, al igual que los enfermeros y sepultureros.
HUIR DE LA PESTE
Mientras los ataúdes se apilaban en las esquinas, el presidente Sarmiento, el vicepresidente Adolfo Alsina y dos tercios de la población abandonaron Buenos Aires. La zona sur dejó para siempre de ser el centro porteño: la gente rica escapó de la peste mudándose al norte. La catástrofe sanitaria fue de tal magnitud que se formaron comisiones populares de asistencia y se construyeron de apuro el hospital Ramos Mejía y el cementerio de la Chacarita. El ferrocarril del Oeste trasladaba los cadáveres dos veces por día en una formación de emergencia llamada "tren de la muerte".
El Cementerio del Sur colapsó: se enterraron unas 11 mil personas y hubo que cerrarlo. El 24 de agosto de 1882 fueron trasladados los restos, entre ellos los del escritor José Mármol y del médico Francisco Muñiz, mártir de la epidemia, a otros cementerios. Tras su clausura definitiva, el Concejo Deliberante dispuso la creación de un parque que primero se llamó Bernardino Rivadavia y, desde 1928, Florentino Ameghino.
En 1940, durante una remodelación, todavía se encontraron ataúdes y huesos humanos. En verdad, nadie puede asegurar que actualmente no queden restos bajo la superficie ondulada y fértil del Parque Ameghino.
Valentina Herraz Viglieca Redacción Z