Mientras el jefe de gobierno porteño continúa con su danza de vetos, enero culmina con el regreso de la Presidenta Cristina Kirchner y una agenda agitada: la quita de subsidios, paritarias y Malvinas.
Si no hubiera sido por el naufragio del crucero italiano los noticieros del cable y la tele abierta quizá hubieran registrado un récord de desatención general, nacional y popular. Casi todo en este verano es el verano cerrado en sí mismo, incluyendo la sequía. Si hasta las quejas de Moria Casán porque los recitales masivos que organiza el gobierno bonaerense les quitan público a los emprendimientos privados tienen algo de iluminadoras. Es como si la alguna vez la vedette dijera correte, Estado, por tu culpa la gente está pancha y no podemos hacer negocios.
En el mar de las pequeñas cosas que pasan sin dejar huella -como estaba previsto pasó también el asunto de la tiroides presidencial- sólo dos asuntos tendrán proyección en el tiempo.
El primero es la discusión de las paritarias que recién en marzo tendrán su arranque fuerte. La relación del Gobierno con el sector sindical que lidera Hugo Moyano se seguirá jugando en ese proceso que durará meses. Sin embargo parece que respecto de Moyano no será necesario esperar esos meses, a juzgar por sendas intervenciones de los ministros del Interior y de Trabajo. Florencio Randazzo dio a entender sobre una eventual reunión entre Daniel Scioli y Moyano por el tema del justicialismo bonaerense que si el camionero renunció a su puesto en el PJ provincial... perdió ("el que renuncia, debe irse"). Carlos Tomada, que medió en cuanto conflicto sindical hubo en este país desde hace más de ocho años, sembró alguna duda sobre la legitimidad de las movilizaciones camioneras en Trelew y Puerto Madero.
El segundo tema que habrá que seguir atendiendo es el de la quita de subsidios a los servicios y eventualmente al transporte público. Hasta ahora el único tarifazo fue el que aplicó Mauricio Macri en los subtes, al que se suman aumentos de ABL en distintos municipios. El gobierno nacional, en su prudente "paso a paso" para evitar (o comunicar) que haya aumentos generalizados e indiscriminados, parece haber caído en cierta confusión. Por un lado circula un spot anunciando que hay que hacerse urgente de la SUBE, pues el viaje sin la tarjeta costará más caro. El spot sin embargo no fue acompañado por las suficientes aclaraciones. El secretario de Transportes viene diciendo que el subsidio será "para el usuario y no para las empresas", que la SUBE podría ser un elemento de cruzamiento de datos de los usuarios para que en algún momento se aplique la quita del subsidio sólo a quienes lo necesiten. Pero a falta de confirmación (ni siquiera se informó cuánto subirán el boleto sin la tarjeta), esa idea por ahora da vueltas en el terreno de lo potencial. Puede que se trate de apurar a que todo el mundo tenga la tarjeta antes de dar el próximo paso.
La sistemática celebración de paritarias es uno de los logros del kirchnerismo casi desde los inicios de su ciclo. Si los salarios reales formales incluso le han ganado a la inflación más de una vez, es gracias a esa multiplicación tanto de paritarias como de convenios colectivos. Todos los años en nuestro país ese rito comienza con los docentes enseñando los dientes y los estados provinciales mostrando dientes de cocodrilo en sus bolsillos. Pero aún cuando este año la discusión vaya a ser más ríspida (el Gobierno quiere ir bajando de a poco la inflación y su propio gasto; los gremios siempre van por más) los ruidos que algunos medios se empeñan en potenciar son también parte natural del rito. Siempre, de cajón, y hasta necesariamente, las posiciones previas son duras... hasta que se van acercando. De modo que hablar hoy de la rutina del presunto 18 contra el otro presunto 25% es algo así como una antinoticia.
Todas las pequeñas cosas. Cristina, según se asegura mientras se escriben estas líneas, hoy vuelve a la Rosada y quizá lo haga con acto y algún anuncio. En las semanas que estuvo más que relativamente ausente, el Gobierno siguió haciendo su trabajo, con sus pequeños y medianos actos, gestos, medidas y políticas. La AFIP finalmente notificó la reglamentación según la cual será obligatorio presentar una declaración jurada antes de cualquier importación. No debería haber sorpresa en la materia: además de la maceración previa desde que se hizo el primer anuncio, la Presidenta ya había hablado de la necesidad de crear una ventanilla unificada para evitar que al Estado bobo se le escape alguna tortuga. Desde algunas usinas se pretende crear una imagen stalinista en torno a un presunto cierre total de las importaciones. No parece que sea eso lo que se juega. También fue resistida la regulación del cambio de divisas como si se tratara de una medida sovietizante. El resultado: desde hace semanas no sólo se acabaron las corridas sino que el Banco Central recompuso y volvió a elevar sus reservas.
La medida tomada respecto de las importaciones sintoniza con políticas proteccionistas que vienen adoptando los países del mundo en tiempos de crisis global y larga, muy larga incertidumbre. Es cierto que ciertas decisiones tomadas por el oficialismo, por apresuramiento en la implementación, a veces generan ruidos no deseados. Si es por la relación comercial con Brasil, así son las relaciones comerciales, atravesadas por tensiones naturales devenidas de los intereses de cada país. El Gobierno viene diciendo que Brasil no puede quejarse porque sus exportaciones hacia este lado del mapa vienen desequilibrando notoriamente la balanza comercial. Sin embargo, como para seguir cuidando la buena sintonía establecida desde los tiempos de Lula y Néstor Kirchner, sería aconsejable evitar conflictos innecesarios.
Sólo uno de los frutos de esa buena sintonía con Brasil y los países de América Latina (incluyendo a los hoy "anómalos": Colombia y Chile) es el que pudo exhibir el gobierno argentino la semana pasada respecto del reclamo de Malvinas. La imagen del canciller británico quedando solito con su alma ante la ratificación de su colega brasileño del apoyo a la Argentina es sugestiva. También fue fuerte la boutade esgrimida por David Cameron en el parlamento británico con su acusación infantil: "los colonialistas son ellos". La declaración de la administración Obama que pateó el asunto de la soberanía, invisibilizó a los kelpers y ratificó la necesidad de acudir al diálogo diplomático, muestra otro punto a favor de la ofensiva diplomática argentina, aun cuando hay que subrayar que estos procesos tienen velocidades geológicas: se avanza a razón de un milímetro por año.
¿Mauricio perdió el juicio? Mauricio Macri rompió o está a punto de romper su propio récord de leyes vetadas. Como hay un cierto margen de discusión acerca del número exacto, alcanza con decir que llegó al centenar de vetos o está a punto de hacerlo. Todo lo que Macri viene vetando permite una lectura no tan indirecta de los rasgos centrales de su modo de concebir la política y la gestión. Los cien vetos en sí mismos parecen indicar de movida un importante personalismo, escasa confianza y vínculo con sus propios legisladores y su partido, un cierto irrespeto hacia las instituciones. Es llamativo, porque se supone que Macri, según cierto folklore nacional, es un republicano, un dialoguista neto que se la pasa emitiendo señales sofisticadas del tipo "paremos con el nivel de agresión".
Una mirada rápida sobre los contenidos de las leyes vetadas (la mayor parte de ellas aprobadas por los legisladores del PRO) indica también que hay quienes pierden y quienes ganan en casi todos los vetos. Si para atender a determinados problemas de la exclusión hay que poner más recursos, entonces se veta para no "despilfarrar" ni crear "nuevas estructuras burocráticas". Los que pierden suelen ser los que no tienen vivienda, los trabajadores de las fábricas recuperadas, los artistas y centros culturales presentes o futuros, las organizaciones sociales no comprometidas en las redes del macrismo. Pierde la participación social en foros de seguridad y triunfa la Metropolitana como policía comunicacional dirigida a controlar a sectores sociales molestos. Pierden los intereses de las mayorías; ganan los intereses privados. Hay mensajes no ocultos en los vetos de Macri que puede que lleguen a su electorado. Hay que admitirlo: no le fue tan mal con esa política. Claro que, como siga así, la imagen del Macri blanco, civilizado, dialoguista y republicano se hará progresivamente más difícil de sostener.
DZ/km
Eduardo Blaustein Especial para Diario Z