La imposición de precios por parte de las petroleras y el aumento del boleto de subte son dos puntas para analizar el rol regulador del Estado y la rentabilidad empresarial. Las denuncias sobre redes de trata dejan al descubierto un horror que recuerda al de la dictadura.
Apenas dos compañías -Repsol de manera abrumadora, seguida por Shell- controlan el 85% del mercado de provisión de combustibles. Si se suma Esso, la proporción sube al 91%. Es el escenario perfecto para que las empresas se pongan de acuerdo a la hora de imponer precios. No sería novedad: sucedió y seguramente sucede con el acero, con el cemento, con el precio del papel para diarios. Pasa con la inflación de todos los días, cuando uno va a un supermercado de alguna gran cadena -con la simbólica compañía de Hugo Moyano- y sólo encuentra dos o tres marcas por producto cuyos precios suben cada diez o doce días, vaya a saber por qué.
Pues bien, el Gobierno, con sus denuncias referidas a los abusos de las cinco petroleras, parece encarar una cierta ofensiva contra los peligros de la cartelización. Es positivo que se tiren estas discusiones sobre la mesa en lugar de ocultar y naturalizar el rol de las corporaciones. El anuncio tiende a la protección de los usuarios y la defensa de los propios recursos del Estado, que subsidia a las empresas de transporte que compran el combustible, según el Gobierno, con precios artificialmente inflados. También los productores agrarios han recibido una mano -visible- del Estado. Hay quienes vinculan la denuncia encabezada por Amado Boudou y Julio de Vido con otro anticipo o eventual excusa de cara a un retiro general de subsidios al transporte, con el consiguiente costo popular. Puede ser, pero como alguno de los vaticinios viene de antiguos funcionarios que poco hicieron por expandir la producción de combustibles y sí por defender a las petroleras, hay que tomar sus interpretaciones con pinzas.
La parte opaca: no está claro que desde la aplicación del régimen de subsidios -una política correcta en términos de distribución de la riqueza, más allá de los sectores que nunca necesitaron pagar menos por los servicios- el Gobierno haya controlado que las empresas no abusaran del sostenimiento estatal. Tampoco está claro si lo que se hará a partir de ahora deberá denominarse "sintonía fina" o gruesa, pero la orientación es bienvenida. No es en absoluto la primera vez en la que un gobierno kirchnerista, cuando se ve ante cuadros más o menos complicados (hoy, ante la crisis global, la necesidad de cuidar el gasto estatal y atacar la inflación) sale repentinamente por centroizquierda, allí donde primaban acuerdos con las empresas más bien silenciosos. Como sea, en un país donde aún cuesta muchísimo acabar con los núcleos de la pobreza estructural o bajar los índices de empleo informal, que cinco petroleras puedan, mediante una avivada, ganar $3.500 millones en un año -según los cálculos oficiales- es un escándalo.
Petróleo, subte, usuarios
La discusión anterior se conecta con la del traspaso de los subtes. En ambos casos está en juego el rol regulador del Estado y el debate sobre cuál debe ser la rentabilidad empresarial. La constitución transversal de una multisectorial dedicada a darle pelea al aumento feroz decidido por Mauricio Macri parece bastante más promisoria que la primera respuesta dada por la Justicia, que convalidó el aumento. Teniendo además en cuenta que a la multisectorial presuntamente se iban a sumar sectores del kirchnerismo (Movimiento Evita, la Juventud Sindical, La Cámpora), esa movida parece conectar con algunos aprendizajes de construcción social del pasado. Bien al contrario, la respuesta del juez se parece más al piloto automático de instituciones pesadas, conservadoras, bien entramadas con los poderes permanentes.
¿Se sostendrá en el tiempo la multisectorial? ¿Se plegarán otros sectores que la nutran y la amplíen? ¿Qué lecturas está haciendo el gobierno nacional sobre la protesta en Capital y los riesgos que corre en caso de que se vengan aumentos en los servicios y el transporte? Parecería que el oficialismo quiere ir despacito y por las piedras; se sabe además que el kirchnerismo detesta que lo corran por izquierda o agitando la palabra "ajuste". El escenario que se plantea repite enésimos episodios anteriores, como los ya remotos nacimientos de asociaciones de usuarios y consumidores en los albores del menemismo, cuando vecinos de clase media y alta se movilizaban contra los peajes en San Isidro, algunos pueblos del interior protestaban contra el cierre de ramales y todos contra los tarifazos de las telefónicas. ¿Adónde va a parar esa experiencia política en la sociedad? ¿Se decanta y reaparece cuando se sensibilizan los bolsillos? El Gobierno por ahora debe estar más atento a esos ciclos de malestar social (la agenda a reexaminar incluye emblemáticamente a Famatina) que a una oposición fantasma que sigue padeciendo su nula capacidad para sumar algo a la discusión colectiva. Más que seguramente ese silencio estruendoso tiene relación con lo que ha sostenido algún encuestador: la Presidenta hoy recibiría aún más votos que en octubre pasado, birlados de los espacios opositores.
El mal absoluto
Las denuncias efectuadas por Lorena Martins, hija del ex agente de la SIDE (1974-1987) Raúl Luis Martins Coggiola, se mueven entre lo desgarrador y lo horroroso. Si el nazismo y nuestra última dictadura suelen describirse como situaciones históricas en las que imperaba el mal absoluto, las redes de trata, en este caso digitadas por un ex agente de la dictadura, y en las que median operaciones de secuestro, de quiebre, de pérdida de identidad, de virtual desaparición de pibas jóvenes, se asemejan dolorosamente a ese tipo de infiernos.
Aquí no debería discutirse interesadamente sobre el reparto de las responsabilidades institucionales. La denuncia salpica a Macri pero también al gobierno nacional por la presunta complicidad -poco sorprendente- de la Policía Federal. Lo que es cierto es que se registran respuestas muy distintas. En primer lugar porque desde la asunción de Nilda Garré en el Ministerio de Seguridad ya se echó de la fuerza, hace cerca de un año, a comisarios presuntamente vinculados con la protección mafiosa de la prostitución. Segundo, porque ante este caso en particular inmediatamente Garré puso a la Gendarmería a custodiar a Lorena Martins y separó a policías sospechados. Lejos de hacer silencio o piruetas tardías -usual en el macrismo-, Garré aceptó lo que falta para democratizar y transparentar a las llamadas fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia.
Por el lado del macrismo, el hecho de que algún puntero eventualmente haya pedido y recibido $10 mil para la campaña electoral está lejos de probar algún involucramiento directo de Macri. No pasa lo mismo respecto del sistema de controles, que vuelve a ser sospechado por su opacidad cada vez que se vincula con fuentes de dineros cuantiosos (de la industria de la construcción a la prostitución). La que definitivamente es fea y desagradable a la vista y la sensibilidad es la fotografía en la que Macri y su esposa aparecen posando en un boliche junto a uno de esos señores a los que la expresión eufemística llama "personajes de la noche", Gabriel Conde. La foto seguramente no habla ni de responsabilidad directa ni de culpabilidad, no. Alo sumo es lejanamente indicial. Oquizá hable de la pobreza de alma de un jefe de Gobierno cuya máxima expresión de espiritualidad es cantar lo peor de Queen.
DZ/km
Eduardo Blaustein Redacción Z