Por Eduardo Blaustein. Los primeros días del año transcurrieron entre la operación de Cristina y el aumento del subte decretado por Macri. Queda a la vista el nulo interés del jefe de Gobierno en discutir las ganancias de Metrovías y la energía despilfarrada en dudar de la buena fe del diagnóstico de la enfermedad de la Presidenta.
Con un final más feliz que confuso, pero con bastante de lo segundo, durante los últimos días el tema de la salud presidencial volvió a imponerse por sobre la -casi nula- discusión política en el país, compitiendo contra el aumentazo en la tarifa de los subterráneos decidido por el Gobierno de la Ciudad y más aún contra el dolce far niente del verano, que incluso amortiguó asuntos tan espantosos como el presunto asesinato de Carlos Soria y otros tan llamativos como el trastorno de ansiedad del flamante intendente de Catriel.
En oposición a semejantes temblores, un aspecto poco destacado de lo sucedido durante la ausencia de Cristina fue la calma chicha institucional. Seguramente tras previo y obvio acuerdo con la Presidenta, Amado Boudou se preocupó por mostrarse como el vicepresidente "normal" de un país "normal", gestionando, haciendo. "País serio y normal" era una de las definiciones gruesas que ofrecía Néstor Kirchner en la remota campaña presidencial de 2003, cuando aún no se habían desatado las épicas que se harían largamente conocidas, desde el discurso mismo de asunción.
El asunto del diagnóstico sobre la enfermedad que padeció Cristina, aún cuando haya mediado algún apresuramiento oficial a la hora de tomar decisiones y comunicar partes médicos, en un par de semanas será pasado lejano. Es notoria la cantidad de energía social, mediática y política que despilfarra este país en escaramuzas de quinto orden. Aunque es cierto que entre el proyecto político kirchnerista y las diversas insinuaciones de lo que son los proyectos opositores a menudo laten visiones encontradas y hasta antagónicas, es siempre entre iluminador y desagradable mirar hacia atrás y comprobar en cuántos asuntos magnificados se nos van meses de intercambio de chicanas: la creación del Instituto Dorrego, las presuntas diferencias "explosivas" con el Gobierno (adjetivo usado por La Nación) reflejadas en el último documento de Carta Abierta, o la emergencia de espacios de intelectuales que, a juzgar al menos por el primer texto que firmaron, parecen más agriados contra Carta Abierta que interesados en iniciar una discusión estructural contra la orientación de las políticas oficiales.
Bienvenidos los que piensan
Un matiz en estas últimas líneas: es más que interesante y valioso que la discusión sobre nuestra historia o el debate entre espacios intelectuales sea parte de una agenda colectiva de discusión. El problema tristísimo es que antes que una discusión consistente, estas cuestiones quedan literalmente malditas y aplanadas por la capacidad que aún tienen los medios masivos (y a veces no importa de qué lado del mostrador estén) de manipular y empobrecer los contenidos de lo que se discute.
Lo que es de rutina es la manera en que los medios del establishment se las ingenian para pegar: si el kirchnerismo es verticalista, por verticalista. Si en el kirchnerismo se ventilan diferencias y críticas (de Moyano a Carta Abierta o las políticas de seguridad de Scioli), entonces las cosas se tornan "explosivas".
Las refriegas por la mala leche evidentísima de los titulares de Clarín hace tiempo que vienen cansando y por un tiempo no deberían ser centro de las preocupaciones políticas como lo fueron en el pasado cercano. Claro: siempre y cuando el Gobierno conserve la suficiente fortaleza y empatía social como para que el supergrupo no le haga el daño que sí le hizo en otras épocas y también le hizo a otras administraciones.
Respecto del no-cáncer presidencial, alcanza con decir que sospechar de manipulación informativa cuando están de por medio dos instituciones tan prestigiosas como el Centro de Diagnóstico Maipú (que intervino en los estudios previos) y el hospital Austral, parece de cierta temeridad.
Mauricio, el Bravo
¿Qué calificativo puede describir mejor la decisión vertiginosa tomada por Mauricio Macri a la hora de más que duplicar la tarifas de los subtes al día y medio de hacerse cargo de su administración? ¿Macri tomó una decisión "racional", "valiente", "brutal", "desafortunada", "temeraria"? Aquí quien ayuda a definir es el futuro. En principio, Macri se jugó como no se la jugó en las elecciones pasadas a la hora de ser candidato presidencial (de nuevo: "el futuro", según quién lo analice, parece haber demostrado que "Macri tuvo razón", o Jaime Durán Barba). Si lo mejor que tiene el macrismo, por lo menos en tiempos de campaña electoral, es su política de comunicación, aquí fallaron una cuantas cosas. Primero: apenas se anunció el traspaso el gobierno local se atajó filtrando información que anticipaba lo durísimo que les resultaría a los usuarios el traspaso en términos de "sinceramiento de costos". Segundo: fue el mismo Macri el que dijo literalmente: "No tenemos estudios, dennos unos días". Tercero: luego hablaron de 90 días. Cuarto: demoraron menos de 48 horas en aplicar un aumento del 127 por ciento. Pudieron pensar en paliar los aumentos según segmentos etários o sociales (estudiantes, jubilados, docentes, beneficiarios de la AUH o de los planes sociales locales) o aplicar alguno de los sistemas que se usan en las grandes ciudades del mundo en las que se efectúan descuentos crecientes según la cantidad diaria, semanal o mensual de viajes que se hagan.
El gobierno macrista no hizo nada de eso ni respetó las instancias institucionales (audiencias públicas). Nadie parece tampoco dispuesto a estudiar los costos y la rentabilidad de Metrovías o de la empresa que pudiera sucederla. ¿Por qué será que el Estado (local y nacional) invierte haciendo túneles y estaciones y subsidia los salarios de los trabajadores de una empresa que en 2010 repartió $ 150 millones en dividendos?
Hay otro dato que llama la atención y es que sólo el kirchnerismo "local" salió a dar la pelea discursiva contra los aumentos y no algún pesado K nacional, como solía suceder en unas cuantas refriegas pasadas contra el macrismo. Puede que ese silencio obedezca a la lección recibida (a Macri hay que saber cómo, dónde y con qué vocero pegarle), a cierto silencio impuesto por la ausencia de la Presidenta o a la posibilidad de que ante la quita de subsidios nacionales a los servicios o un eventual aumento del tren y el colectivo parezca mejor la discreción.
DZ/km
Eduardo Blaustein Especial para Diario Z