En un año de intenso trabajo teatral, la actriz reflexiona sobre su profesión y asegura que el teatro puede sanar tanto a los actores como al público.
En su luminosa casa de San Telmo, con mate preparado y agua fría en una mesa de madera cuya simpleza contrasta con la belleza aristocrática de un antiguo vitraux, una Ingrid Pelicori de disposición total a la escucha muestra en sus respuestas una forma muy suya de ser tan profunda como cotidiana.
Hija de los actores Ernesto Bianco e Iris Alonso, sobrina política de María Rosa Gallo, Pelicori recibió premios como el Konex al Mérito por su labor teatral o el Podestá por su Trayectoria honorable, tuvo un año intenso en lo profesional: protagonizando El conventillo de la paloma (Alberto Vaccarezza), El aire del rio (Carlos Gorostiza) y Espectros (Henrick Ibsen). Sea cual fuere la obra en la que actúe, Pelicori dice que debe sentir que sus trabajos transmiten un valor.
¿Hay algún tipo de obra que te genere más certeza para elegirla?
Siempre me interesan los textos clásicos, que apuntan a la condición humana y se dirigen a algo que resuena muy profundo en el misterio del hombre. Y coyunturalmente me interesan las cuestiones políticas, de testimonio, denuncia o apelación a una conciencia cívica. El teatro puede ser un foro de ideas, no como propaganda o bajada de línea, sino desde ese lugar enigmático de la condición humana, donde las cosas nunca son demasiado de una sola manera.
¿Cómo vivís estos tiempos de mayor expresión política?
Me parece muy bueno que toda la comunidad se exprese. Está pasando en nuestro país, en toda Latinoamérica y en el mundo. Es algo muy bueno de esta época, porque la ilusión del neoliberalismo, con su individualismo extremo y el no involucrarse, tocó su techo. ¡O su fondo! Y creo que el arte sirve para denunciar la molestia de lo antiguo. El teatro surge de un rito sagrado, tiene que ver con la espiritualidad, que es siempre revolucionaria, como lo amoroso.
¿El público también modifica al actor?
Hay cosas que inciden bastante. En muchas obras, sobre todo en las que tienen humor en el marco del dolor, hay gente que se atreve a reír y otra no. Hay también una calidad de silencio que uno sabe cuando está y cuando no, sobre todo en el unipersonal, que es casi como salir a una doma, para capturar la atención. Y si no aparece rápido, uno puede agrandar la expresión o volverla más tímida, pero lo más inteligente es seguir haciendo el trabajo lo mejor que uno pueda.
¿Qué permanece intacto de lo que sabías sobre tu profesión al empezar y que cambió?
Vengo de una familia de actores por lo que para mí la actuación era como un juego de los grandes. Era una atracción y una duda. De chica era muy tímida, vergonzosa y me gustaba mucho el estudio. Hice teatro en paralelo a mis estudios de Psicología. Cuando me recibí estaba en el elenco estable del San Martín, viajé un año a Francia, un lugar perfecto para un psicólogo. Pero ahí me cayó fuerte la ficha del deseo del teatro.
¿Ejerciste alguna vez?
Nunca ejercí como psicóloga. Hoy siento que todo lo que estudié nutrió muchísimo el testimonio de la experiencia humana que doy sobre el escenario. Y los años me hicieron sentir más placer, mayor plenitud y ser menos autocrítica.
¿La escena puede sanar?
Sin duda, para el que lo hace y el que lo ve. Por el ejercicio de lo colectivo. Es un acto vivo, que predispone a un momento de atender y comprender con amor lo que otro escribió, para ver en qué nos resuena. Y Buenos Aires tiene una gran cantidad de teatros independientes, que llenan la cartelera, nos dan mucho prestigio en el mundo, pero no siempre los actores viven de ese trabajo, que hacen desde el puro deseo de reunirse y expresarse. Es lo contrario del narcisismo del que se habla como propio del actor, porque esto requiere de escucha y entrega. Uno se pone al servicio de algo que lo trasciende. Y aunque casi siempre la política y la espiritualidad se dan por separado, el actor puede hacer que vayan juntas. Porque somos herederos de lo sagrado.
¿Existe una responsabilidad específica del actor?
Me parece que sí, una exigencia de compromiso y esa cuestión política y espiritual que es hacer lo mejor posible lo que nos toca hacer. Eso es apuntar a la excelencia.
DZ/km
Diego Oscar Ramos Redacción Z