Mientras concluye la grabación de Los Sónicos, el actor cuenta qué le gusta de la profesión y de la vida.
Volvieron los 60 al barrio de Flores. Los vecinos que pasan por la calle Aranguren miran de reojo el interior de la casona ambientada para la grabación de la serie Los Sónicos. Entre pantalones oxford y el flower power, Nazareno Casero, personificado como Kloster, cuenta, mientras espera para grabar su próxima escena: "No sólo me gusta hacerla, sino que me gusta verla, y es raro porque me cuesta verme. Creo que es porque el personaje está alejado de mí. Es un egocéntrico, excéntrico, fan de sí mismo, cosa que yo no hago".
¿Será porque ya conocías por tu padre lo que era ser famoso?
Tal vez me ayudó a no verme en situaciones que vivo por primera vez o que me resultan de golpe totalmente ajenas. También creo que la fama es un arma de doble filo: te genera un cariño y te abre muchas puertas que si te mal acostumbrás te puede explotar en las manos. Te la podés creer y te podés equivocar fácil. Hay mucha gente que tiene que resolver consigo misma lo de la fama del otro. Por suerte no soy tan conocido y puedo participar de esa situación sin que me robe el alma.
¿Con tu papá van a volver a trabajar juntos?
Siempre tenemos ganas, pasa que se tiene que dar. Él está viviendo en el campo en San Luis, y está muy contento con eso. Todo el tiempo me invita pero la verdad que no puedo ir mucho. Me resulta muy lejos y muy diferente a lo que son mis necesidades. Ahora tengo que vivir en la ciudad, capitalizarme para después poder irme. Tengo la suerte de laburar en lo que me gusta y quiero aprovecharlo. Mientras me dé la cabeza y el cuerpo, tengo que laburar todos los días muchas horas. Cuanto más labures de joven después podés invertir mejor el tiempo.
¿Pensás mudarte al interior más adelante?
No definitivamente, pero irme para volver cuando quiera y hacer mis cosas. También está bueno olvidarse del ruido, volver y que te siga gustando. Creo que hay que generar un piso para después estar más tranquilo. Aparte me encanta Buenos Aires, el quilombo me llama la atención, me encandilan las luces. Maldigo a los que no la planificaron y la hicieron de espaldas al río.
Incursionaste en la conducción para público infantil. ¿Cómo te llevás con ellos?
Bien. No soy Panam ni soy un ogro. Me divierte laburar para chicos, porque creo que está bueno darles alternativas, que no todo sea tan didáctico. Siempre que puedo hablo de que adopten animales de la calle, no de raza. Hay una excentricidad instaurada: "Me quiero comprar un bolso Louis Vuitton, comprar un perro Yorkshire". Además la conducción me divierte y me da otra frescura. Es un entrenamiento muy interesante hablar a cámara.
¿Vos y tu perro Yeso son como una familia?
Como amigos. Me criaron bastante así y cuando empecé a vivir solo se dio que fuera así también. El perro está, participa de todo, duerme en la cama. No hay escalafones. El que se porta mal cobra y el que se porta bien tiene alimento. Igual alguno de los dos tiene que ser el macho dominante, porque si no es un quilombo, así que tengo que hacer esa tarea. Pero lo adoro. "¿Es tu perro?", me dicen. No sé, es el perro.
¿Te pasa eso con las relaciones?
Por ahí en las relaciones amorosas soy más de decir te pertenezco, como si fuese algo lindo, obviamente cuando la otra persona dice "yo también". Ese juego de pertenencia mientras sea sano es divertido. Pero es diferente mi relación con los animales y con los humanos. Me gustan más los animales.
Participaste en una película preseleccionada para el Oscar. ¿Cómo lo vivís?
Aballay fue una experiencia muy linda, hacer un pibe de 1900 que busca venganza en un caballo blanco. Tiene tópicos de lo que puede ser el héroe clásico pero todo el tiempo es sobrepasado. La preselección es sobre todo un reconocimiento para Fernando Spiner, el director. Lo que le pasó fue que tuvo que competir con Transformers, Harry Potter. Los cines quieren hacer negocio y hay gente que te dice "yo no miro cine argentino".
¿Los más jóvenes también?
Puede ser que influya generacionalmente. Cada día estamos más acostumbrados a que todo sea más berreta, que ya entendamos por dónde viene y no tengamos más que mirar un poco y comprender poquito. Ves cómo el público elige ver cualquier otra cosa que sea de afuera y ni siquiera se toman la molestia de leer una crítica o una sinopsis.
DZ/LR
Magalí Sztejn Redacción Z